Las no vacaciones de Dana

Tiene el triste honor de ser la primera mujer que durmió en el asentamiento de chabolas que hay al lado del pueblo, de ser la primera mujer que se quedó a vivir en él permanentemente, de ser la primera mujer que parió en ese inadecuado escenario y la primera, también, a la que la Junta de Andalucía le arrebató un hijo nacido en ese asentamiento.

Sobra decir que nadie le dará una medalla por ello y el hombre que le acompaña en desgracia tampoco está para dar muchas medallas. Llegaron con ilusión, creyendo que podrían hacer fortuna, que los esfuerzos y los sacrificios que hacían se verían alguna vez recompensados. Pero aquello se hacía ya eterno. La desgracia parecía no tener fin y, aunque a ella no le gustara hablar de ello, la mella que estaba dejando tanto frío en invierno, tanta humedad, tanta suciedad y tanta basura en todas las estaciones, tanto calor en verano… parecía empezar a ser irreversible. Ya se habían llevado por delante la sobriedad de Adrián, que aunque no les llegara para comer siempre encontraba la manera de beberse más copas de la cuenta y empezaba a llevarse por delante su propia salud, cada vez más rota.

Y eso era como una maldición que no hacía sino empeorar las cosas porque si cuando llegó a aquel lugar hace cuatro años tuvo que soportar cómo más de uno creía que se dedicaba a la prostitución, ahora tenía que soportar cómo las mujeres que la habían llamado a trabajar en sus casas para alguna limpieza esporádica ahora le cerraban la puerta creyendo que compartía la afición de su marido por la bebida. Cada vez trabajaba menos y ella sabía que era más por su mala presencia, por vivir donde vivía y por las desconfianzas que eso despertaba que por esa crisis que usaban sus antiguas jefas como pretexto.

Así que tenía que aprovechar todas las oportunidades que se le presentaban y en un pueblo de la Costa como aquel era más fácil encontrar casas en la que no pusieran tantos reparos durante el verano para trabajar. Para ella lo más parecido a unas vacaciones es ese rato en el que, de regreso a la chabola se detiene frente al mar, sintiendo esa agradable brisa tan distinta al desapacible viento que se sentirá en ese mismo lugar cuando llegue el invierno. Por un instante se esfuerza en olvidar todas las desgracias, se concentra en esa dulce sensación con los ojos cerrados y respira hondo, como intentando coger fuerzas para llevar adelante su propia vida.

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Javier Rodríguez

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