Las viejas costumbres

“En los diez años que llevo en Huelva, nunca me había sentido tan humillada”. Me lo contaba una amiga de origen marroquí, que después de llevar varios años buscando entre todas la opciones laborales, se ha visto obligada a dejar a sus hijas pequeñas con la vecina mientras ella trabaja de temporera. Me hablaba de vejaciones, de falta de respeto, insultos, exceso de horario laboral…

No es el único caso, solo hay que estar atentos a las noticias: contrataciones irregulares, habitáculos infrahumanos, impago. Parece ser que, entre los daños colaterales de la crisis, lo de aprovecharse de la situación para olvidarse de la ética también está al uso. Es la vuelta a las viejas costumbres, abusar de la debilidad y la necesidad de otros en beneficio propio. Durante los tiempos de bonanza resultaba más difícil aunque también se hacía, pero existían equipos de mediación, educadores, trabajadores y trabajadores sociales que posibilitaban que estos casos se fuesen convirtiendo en excepciones. También el hecho de que se otorgasen ayudas a los empresarios para poder acondicionar espacios dignos para las personas que venían a Huelva durante la temporada de recogida de fruta, hacían que fuese más fácil la opción. Pero llego el tiempo de los recortes y con ellos la relativización de lo importante.

Por tanto, algo no se tuvo que hacer bien cuando al desparecer las ayudas desaparecen también las buenas intenciones, cuando la persona pasa a ser de nuevo el inmigrante y este a su vez pierda su rostro e identidad para volver a ser la mano de obra barata.

“Pero no pasa nada, nos reímos mucho entre nosotras” concluía mi amiga al terminar de contarme todos los contratiempos que está viviendo, “estamos bien”. Es la frase de la resignación, más dolorosa que la del realismo, porque la persona se obliga a sacar lo positivo de una experiencia negativa. A esto se le puede llamar optimismo, fuerza de voluntad, yo lo asemejo más a la resiliencia, la capacidad humana de sobreponerse a situaciones extremas. Porque la propia palabra dignidad se está convirtiendo en un signo de resiliencia en estos tiempos que corren. Mantenerse digno cuando te faltan el respeto ya sea con insultos, con gestos o a golpes. Permanecer en la esperanza cuando ves que la etapa de adaptación a un medio hostil nunca acaba. Realzar lo positivo ante tanta pobreza humana de quienes necesitan aprovecharse de las necesidades de los otros, es resiliencia, sin ningún lugar a dudas.

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Carmen Murillo

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