LGTB

 

homoSon los mismos prejuicios, los de siempre, tan tozudos. Y los prejuicios son siempre muy atrevidos, muy altaneros: creemos que nuestra verdad es la única, que nuestra vara de medir es la única, que nuestra moral es la única. Todo eso de la orientación y la identidad sexual queda muy lejos de los férreos prejuicios que pretenden defender al mundo de la perdición. Porque, claro está, un chico al que gustan los chicos, o una chica en el cuerpo equivocado, o alguien que es capaz de amar indistintamente del sexo que ostente el otro… todo eso es la perdición, eso llevará a la humanidad a un foso de pecado, perversión y no se cuántas chorradas más. En serio ¿no somos mayorcitos ya para todo esto?

Tenemos suerte: los colectivos LGTB (Gays, Lesbianas, Transexuales y Bisexuales) han conseguido normalizar y visibilizar todas estas realidades, y hoy convivimos con mujeres y hombres que abandonaron la condena del silencio. En cada familia, en cada contexto laboral, en los colegios… ya no se esconden ¿Alguien ha sentido las llamas del infierno? ¿Alguien puede sentirse ofendido porque dos mujeres cenen juntas, se besen o paseen cogidas de la mano? ¿O porque un chico haya renunciado a un cuerpo que no le correspondía? El amor es caprichoso, va y viene, mira a un lado y a otro. Pero en cualquier caso: el amor nunca es una amenaza.

El odio sí. El odio es estéril, absurdo. Se odia simplemente porque el otro es distinto. Y puede llegar a extremos como el de Orlando hace unas semanas. El odio construye doctrinas para justificarse, enarbola la moral como una daga afilada, separa, clasifica, ordena, mata, señala, discrimina… El odio se esconde en el lenguaje, en las bromas, en las películas, en las redes sociales… agazapado. Pero un día salta de su escondite y entonces ya no es una broma, sino una agresión; ya no es una palabra, sino un insulto; ya no es un clic, sino acoso.

Hoy saldrán los ciudadanos de Huelva a las calles a reivindicar el amor frente al odio, la tolerancia frente a la represión, el arcoiris frente al gris. A mí me resulta absurdo andar con estas cuestiones en pleno siglo XXI: la sociedad tiene problemas complejos y retos que exigirán lo mejor de nosotros, y tener que gastar tiempo explicando todo esto de la identidad y la orientación sexual… Tendríamos que madurar un poco más deprisa, y reconocer, de una vez por todas, lo caprichosos que pueden llegar a ser los genes y los afectos. Nadie va a cambiar eso, ni la moral, ni los golpes, ni la intolerancia, por tozuda que se ponga.

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Gonzalo Revilla

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