Llamadas a vivir en la frontera

Las ONG han nacido para servir de altavoz a los excluidos del mundo, para mantener viva la llama de la esperanza de los países del sur, para ser canales de solidaridad y sembradoras de un nuevo mundo, pero hoy, las ONG, también están en crisis.

Es evidente que la crisis económica y social que afecta a medio mundo también lo hace a las Organizaciones solidarias en España. Las dificultades ahogan, hay recortes en las subvenciones públicas y privadas y empiezan a ser habituales los expedientes de regulación de plantillas. Sin ir más lejos Intermon a nivel nacional ha tenido que presentar un ERE para el 18% de la plantilla, y a nivel local hemos vivido el ERTE de Proyecto Hombre. Todos vamos en el mismo barco, sin duda. Pero a mi juicio la crisis real del movimiento asociativo no está en las dificultades económicas, la coyuntura es común a todo el sector privado y por definición cualquier entidad sin ánimo de lucro debe estar habituada a vivir siempre al límite. La crisis real está en el modelo de organizaciones que se están construyendo.

Yo llamo “efecto cebolla” al crecimiento descontrolado de las organizaciones sociales, que entierran su misión y visión entre capas de iniciativas y proyectos, opacándose tras un activismo sin crítica ni debate. Y no debe culparse a la reiterada crisis de participación social de los últimos años. Es un problema de modelos. Quizás ahora la falta de dinero ayude a rescatar ese primer compromiso voluntario y solidario, pero si la preocupación por la financiación oculta otras reflexiones más urgentes, mal servicio se va a aportar a una sociedad necesitada de referentes.

La crisis golpea duramente en Europa, es cierto, pero en África mata de hambre, y no olvidemos que la batalla la acaban de trasladar a la calle unos cientos de jóvenes sin más recursos que su propio valor ni más organización que una sencilla asamblea. Ahí hay dos buenas inspiraciones para empezar a reflexionar, aunque elementos para incorporar al debate no faltan: preocuparse por la connivencia con las administraciones públicas para prestar servicios precarizados, preguntarse si existe dependencia institucional y un excesivo celo por la perpetuación, analizar si la apuesta por las redes de trabajo es real, comprobar qué lugar ocupan las víctimas en la propia estructura organizacional, preguntarse si los sueños y la misión son compartidos o sólo asumidos.

Creo urgente y necesario que las organizaciones solidarias vuelvan a la “frontera”, a ese territorio figurados donde habitan las víctimas y donde el único carácter imprescindible es el reivindicativo. A ese territorio donde se sueña siempre en colectivo y donde no existen pensamientos únicos. Son necesarias, pero en todo su esplendor.

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Andrés García

voluntario de 2Orillas, participa de la columna de prensa "La otra orilla" y del programa de radio "Señales de Humo"

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