Lo humanamente incorrecto

“Quiero soñar que llegará un día en que hablar de lo políticamente correcto sea lo mismo que hablar de lo éticamente correcto, de lo humanamente correcto. Un día en que lo correcto para la política sea lo coherente, lo acertado, lo bueno”

Transcripción literal, errores sintácticos incluidos, de la carta que escribió una de las jóvenes del proyecto Pisos de Autonomía de la Diputación de Huelva, el mismo día que se les comunicó, a ella y a sus compañeros, que se iba a dar fin al proyecto en menos de un mes. Carta que después no se atrevió a leer a nadie. Le he pedido permiso para publicarla y me lo ha dado:
“Al enterarme que los pisos tenían que concluir el día 30 de Sep. sentí como se desmoronaban uno a uno todos los sueños que tenía, se desmoronaba la tranquilidad esa que tanto me costó encontrar, se desmoronaba mi confianza hacia que un futuro mejor me podía esperar, pero no. ¿Toca dejar atrás tu casa? ¿Toca dejar atrás tu vida? OTRA VEZ. Lo que no entiendo es cómo se les puede dar la esperanza a 7 chavales, que sus vidas han sido penosas, de que valen la pena y de que todo puede cambiar. No seremos niños buenos del todo, nos equivocaremos mucho, pero gracias a esto yo he aprendido a ser mejor persona, he adquirido cosas o terminado objetivos que daba por perdidos en mi antigua vida. ¿Y me quitáis esto? Me quitáis mi castillo, el único lugar donde pude tener la libertad de ser yo y de no tener que aguantar todos los días la situación de antes. Para mi estos pisos han sido mi salvavidas, esto es lo único que tengo, esto y la gente que tengo conmigo, son mi familia todos. Podría contarle mil historias vividas aquí, mil lagrimas, mil sonrisas y miles de momentos compartidos con personas que valen mucho para mi.
Vosotros nos prometisteis un proceso, un proceso del cual a su finalización estaríamos preparados para el título del “timón de mi destino” o algo así. Pero yo no estoy preparada para eso, tengo miedo, mucho miedo a volver a quedarme sola, a volver a cometer los errores que cometía antes y que nada me pare, necesito seguir aquí, no estoy preparada para seguir sola todavía…, por favor, dejar que termine mi proceso que ustedes me prometisteis”

He pensado varias veces cómo hacer esto. No me apetecía llamar públicamente la atención sobre este tema, pero cómo iba a quedarme callada cuando en otras ocasiones he escrito y denunciado situaciones de injusticia que me eran más ajenas. Durante seis meses he sido educadora de uno de los pisos que ahora se cierran. Cuando ayer, con el corazón encogido, me despedía de la joven autora de la carta, de 18 años recién cumplidos, que -bastante desencantada y furiosa- está tomando decisiones muy arriesgadas para su vida, tuve claro que no debía, ni quería, quedarme callada.
No es un asunto de color político, y por ello no quisiera que sirviera como arma para un ataque partidario. Porque creo sinceramente que el problema de fondo, que ahora contaré, reside en la forma establecida de hacer política, no en cuál sea el partido que la haga. Y ni siquiera es cuestión de decisiones políticas, también es cuestión de la actitud de quienes desarrollan y llevan a término tales decisiones, de lo preparados que estén y de la experiencia, o falta de ésta, que tengan en sus responsabilidades.

El Área de Bienestar de la Diputación de Huelva ha decidido cerrar los cuatro pisos del proyecto de Pisos de Autonomía para jóvenes de la provincia con alto riesgo de exclusión social, pisos que llevan funcionando ya más de 20 años. Tomada esta decisión, que quiero creer que no ha sido arbitraria, tuvieron la opción de hacerlo bien  o mal.
Hacerlo, no ya bien, sino muy bien, hubiese significado preocuparse desde hace tiempo de revisar el proyecto y ver qué cambios o mejoras había que hacer para que siguieran dando cobertura a las necesidades de la provincia. Siendo pisos enfocados hacia el acompañamiento de jóvenes sin recursos para facilitar su autonomía, la realidad es que la mayoría de esos jóvenes entraban en el proyecto siendo menores de edad; había muchas cuestiones previas que trabajar con ellos antes de llegar a esa autonomía, pero el plazo se acababa justo cuando empezaban a madurar. En palabras de uno de los jóvenes beneficiarios que entró en el recurso con 16 años, “yo me quiero ir a una casa de acogida para menores, porque a mi estos pisos se me quedan grandes, yo no estoy preparado para tanta responsabilidad”.
Hacerlo bien, por otro lado, habría sido tan sencillo como comunicárselo a los jóvenes con un tiempo prudente de antelación (un año, seis meses), tiempo suficiente para poder iniciar con ellos un proceso de fin, de cierre de etapa, que les hubiese instado a ponerse las pilas para alcanzar el mayor número de metas posibles de cara a su emancipación. Un tiempo que les hubiese permitido hacer el duelo de -una vez más- sentirse desamparados.
Hacerlo mal, que es el resultado no ya de una decisión difícil, sino de la forma en que se ha llevado a cabo, es reunir a los jóvenes de manera urgente el 2 de Septiembre para contarles que el 30 de ese mismo mes (28 días después) se cierra este “recurso”, sus casas. Hacerlo mal es hablarles como si se estuviera dando una rueda de prensa, quitándole hierro al asunto, expropiándoles hasta del derecho a la pena. Hacerlo mal es ofrecerles una alternativa (otro centro) sin haber hecho aún los trámites pertinentes, que los jóvenes se enteren por terceras vías y a una semana del cambio que no es seguro que puedan entrar en otro sitio, que hasta el último día anden preguntándose “¿y ahora qué pasa con mi vida?”.
He nombrado antes la palabra duelo porque esa es la palabra correcta. Los jóvenes que llegan a estos pisos vienen de una experiencia de abandono; incluso a veces no llegan ni a sentirlo, porque no tienen experiencia del buen-cuidado, y si nunca ha habido buen-cuidado nunca ha habido abandono. Para ellos el afecto es como lo han experimentado a través de la ausencia, de los malos modos, de la agresividad, de los abusos… De esas experiencias y hábitos traen cargada su mochila estos chicos y chicas.
Hay que trabajar mucho, pelearse mucho con ellos para liberarlos de tanto peso y ayudarles a aprender otro modo de vida más digno, que les haga más felices. Para lo que no hace falta esfuerzo es para que tengan una sensación de seguridad, de estar en un sitio mejor del que vienen. Es esto lo que hace que, pese a todas las dificultades y todas las resistencias, los jóvenes reconozcan el valor de lo que se les ofrece.
Pero no es fácil para nadie dejar de actuar de la manera en que se ha aprendido. Por eso estos jóvenes dicen que se les ha engañado, que al entrar en estos pisos siendo menores de edad se les prometió un proceso de tres años que de pronto queda interrumpido. El primer día lloraron mucho, el segundo se resistían y hasta planearon manifestarse delante de Diputación, la segunda semana conseguimos que se calmasen y estuviesen dispuestos a conocer el recurso que se les ofrecía, la tercera semana perdieron la paciencia viendo que no estaba nada claro aquello que se les habían prometido.
Quedan apenas cinco días y el panorama es bastante desalentador: jóvenes que volverán a la casa de la que un día hubo que sacarlos porque no existirá un recurso para ellos; jóvenes que se han impacientado y han decidido buscarse la vida por su cuenta, con el riesgo que ello implica; jóvenes que se aferran a la esperanza de poder entrar de verdad en otro centro, tal y como se les ha prometido.
Todos tenemos siempre la opción de hacer las cosas bien o mal. Quizás estemos obligados por las circunstancias, pero siempre existe un margen, una cuota de libertad que nos permite, si queremos, poder hacer lo correcto. Tener que acompañar a estos siete jóvenes en este desasosiego y dolor es lo que me empuja a teclear estas letras y optar por no quedarme callada. Porque yo también quiero soñar que llegará un día en que hablar de lo políticamente correcto sea lo mismo que hablar de lo éticamente correcto, de lo humanamente correcto. Un día en que lo correcto para la política sea lo coherente, lo acertado, lo bueno.

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Carmen Murillo

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