Lo justo

La justicia ha sido siempre algo subjetivo, arbitrario y evolutivo. Hace
bien poco era “justa” la esclavitud, por ejemplo. Por eso, de una manera u
otra, la justicia es algo vivo, que convive necesariamente con los
intereses y organización de las sociedades en su devenir histórico. Desde
esa perspectiva puede resultar chocante la necesidad de estar analizando
continuamente los principios que regulan la justicia (las leyes) sin
contar con la participación, o el amplio consenso, de la mayoría de los
ciudadanos.

Ahora que el Ministro Gallardón pretende revisar los asuntos más
conflictivos: ley del menor o cadena perpetua. Me da vértigo que una
opinión más o menos particular, pueda llegar a imponerse como norma
general en temas tan trascendentales. Y es que no me sirve eso del “clamor
popular” o lo de “demanda ciudadana”, me gustaría que la justificación
fuera más consistente: ¿quién, de dónde, porqué, cuántos, están a favor de
endurecer nuestro código legislativo? Porque si no, podemos caer en la
tentación del totalitarismo, bajo la excusa de que, quien se opone, puede
llegar a ser sospechoso, o parecer encubridor de asesinos y terroristas.
Además, desgraciadamente, en las cárceles no hay jornadas de puertas
abiertas, y, seguramente, la masa que clama mano dura, dudo haya visitado
por dentro una prisión, o acompañado alguna vez un proceso de un menor en
un juzgado. Si esto se conociera, cambiarían muchas perspectivas, porque
quien lo vive desde dentro lo evalúa de forma muy distinta.

Al legislar desde el recuerdo de crímenes extremos, caemos en la tentación
de que lo minoritario influya sobre lo mayoritario. En el caso de los
menores, gracias a la ley actualmente en vigor, se viene consiguiendo que
muchos chavales puedan tener la oportunidad de reconducir sus vidas, desde
la exigencia de un mandato judicial, pero también desde el acompañamiento
de una estructura educativa que le da otra perspectiva sobre el daño y su
restitución, y además, en la mayoría de los casos, esto se hace sin meter
al chaval en ningún centro, sino desde su casa, con sus padres, su
instituto o su trabajo. Para una víctima ésta puede ser una restitución
mucho más razonable. Si a mí me roba un menor mi ordenador, por ejemplo,
el daño no se me restituye metiéndolo en un centro cerrado en Almería (ya
que en Huelva no hay), sino recuperando el ordenador y quedándole claro al
chaval que andar por ahí quedándose con lo que no es tuyo es un daño que
tiene consecuencias, y que a él también les afecta. Esto ya se está
haciendo y con buenos resultados. Por favor, no nos ceguemos con los casos
más brutales, no perdamos la necesidad de que la educación sea lo más
importante, porque ésta es la mejor acción correctiva, la más eficaz y
duradera.

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Victor Rodríguez

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