Los niños

 

El otro día, a las puertas del colegio de mis hijas a la hora de la entrada, una mujer con una bolsa de raftán de las que compras en los supermercados y sin ningún tipo de identificación reconocible, estaba repartiendo unos álbumes de cromos de “La Patrulla Canina” y de una tal “Yo soy Luna”, que por el diseño de la susodicha, parece que viene a ser la sucesora de Violetta. Las criaturas revoloteaban junto a la señora como polillas alrededor de una bombilla, aunque lo que más me llamó la atención era la petición de los padres solicitando el álbum y el primer sobre de cromos gratis. Si los niños parecían polillas, los padres eran atunes que habían picado el anzuelo. Otra necesidad más, otro negocio más. Las series de televisión para niños son, en realidad, anuncios disfrazados de trama divertida, pensados para hacer populares unos personajes que luego encontraremos en multitud de objetos. Recuerden lo que pasó con el Centro de mando de la dichosa Patrulla Canina, objeto del deseo de todas las cartas de los Reyes del año pasado.
 El ciclo de la necesidad comienza con el lanzamiento televisivo, apoyado por todo su mercadeo; se explota la idea hasta la extenuación y que pase el siguiente. El caso de Violetta es similar a las series de animación, ya en adolescentes. La niña canta y baila, repite estereotipos medievales y a los veinte años está prejubilada como un trabajador de la Telefónica de los viejos tiempos, para, en su lugar, poner a una tal Luna, que, a poco que afine el ojo el querido lector, comprobará que son exactamente iguales, aunque sean deferentes, y claro, ya la mochila, las camisetas o toallas de playa de la Violetta que fue, parecen tremendamente antiguas, aunque apenas hayan sido compradas hace unos años.
 La cultura del comprar, usar y tirar no sólo se circunscribe a los objetos, diría que, sobre todo, se abalanza sobre las ideas, y generación de necesidades, que es como la semilla del Diablo que nos inoculan para, de pronto, dejarnos embelesar por cualquier tontería que se nos ponga por delante. Detectemos esa trampa y cerremos los ojos cuando sintamos que nos la están colando, es el primer paso para enseñar a nuestros hijos. Es simple, sólo se trata de pararse y pensar, para, después, poder discriminar. Esto es defensa activa, lo triste es que van contra quien no se puede defender: los niños. 
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Victor Rodríguez

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