Los no-votantes

Repetir elecciones, aunque sea un fracaso, no debería anular el espíritu festivo que acompaña un día electoral. Hoy ponemos en práctica, con madurez y sabiduría, lo de “a grandes males, grandes remedios”: si los partidos no han dado con una fórmula que permita gobernar, hay que buscar la solución donde verdaderamente se encuentra, en los ciudadanos. Pero mucha gente no se cree este cuento chino de lo políticamente correcto. Gente que hoy no va a acercarse a las urnas. Y los entiendo.

Muchos de ellos son votantes de izquierda que me dicen que se han quedado sin partido al que votar. Es un abstencionismo activo cercano a la protesta, y aunque su abstención beneficiará a otras formaciones, incluso a aquellas a las que no votarían nunca, tienen derecho a actuar según sus principios. Otros expresan con su ausencia una orfandad parecida: no termina de convencerles ninguna de las papeletas que encontrarán en los colegios, bien por sentido práctico (renuncian a votar a partidos minoritarios sin posibilidades) o bien por desconfianza (analizan la trayectoria de algunas formaciones y no les da la gana volver a ser engañados).

Todos estos no-votantes, con mayor o menor elaboración discursiva, tienen claro por qué se quedarán hoy en casa. A su modo, tratarán de hackear el sistema electoral aunque no le hagan pupa. Y no han perdido la conexión con la política. La deserción preocupante es otra, la de esa gran masa que no se siente convocada, que está harta y frustrada, o simplemente pasa. Personas que han tirado la toalla sin saber siquiera que lo han hecho, que no es que decidan callarse, sino que no quieren ni saben decir una palabra propia. Lo peor es que en esta democracia de baja intensidad se cuenta con ello. No interesa que los ciudadanos salgan de su atonía, que critiquen, que busquen alternativas. Mejor si callan. Después de todo, mejor si se quedan en casa.

Por eso los entiendo, y a la vez me incomodan, porque son el síntoma alarmante de una enfermedad colectiva, de una mutilación alevosa. Esta reflexión no es para aquellos a quienes nada conseguirá movilizar ¡y menos un artículo de prensa!, sino para todos los que asistimos impávidos a su silencio. No aceptemos con resignación que esa apatía es inamovible. La legitimidad de un proyecto político no se mide solo por el número de votos, también lo hace por el grado de participación e ilusión que sea capaz de generar.  No será cosa de esta noche, pero es más que necesario.

 

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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