Los que no votan

A la “fiesta de la democracia” no estamos todos invitados. Es posible que ustedes conozcan las dificultades que están tienen los españoles residentes en el extranjero para poder votar en todos los comicios que se han celebrado desde que el gobierno de Zapatero reformó la fórmula del voto para ellos sacándose de la manga lo del “voto rogado”.

Pero no son los únicos que tendrán hoy dificultades para depositar su papeleta en la urna. Habría que estudiar los motivos que hacen que el índice de participación esté directamente relacionado con los ingresos. Hay mecanismos sutiles que provocan el desinterés de los más pobres en la cosa electoral pero hay mecanismos que no son tan sutiles. La Asociación Pro-Derechos Humanos ha denunciado que la administración penitenciaria no parece tomarse mucho interés en facilitar el derecho al sufragio activo de los presos.

Y por encima de estos casos se encuentra la restricción del derecho al voto de los inmigrantes -regulares e irregulares-. Ninguno de ellos podrá ejercer este derecho en estas elecciones generales -sí lo pueden hacer en las municipales los que provienen de países con los que se tiene firmado convenio de reciprocidad-. Hace dos días celebrábamos el Día de las Migraciones y numerosos colectivos denunciaban las carencias que sufren muchísimas de las personas que se establecen en nuestro país procedentes de otras partes del mundo. En Huelva, por ejemplo, se denunció la situación que sufren las centenas de personas que viven en los asentamientos chabolistas de numerosos municipios de la provincia.

Pero cabría preguntarse si, de verdad, van a poder ejercer esos derechos si no pueden, tampoco, participar en la vida política de nuestra sociedad. El debate de las migraciones se usa electoramente con discursos que van dirigidos a los que no son inmigrantes pero se hace escatimando serenidad, objetividad y ganas de establecer marcos de convivencia coherentes con una sociedad multicultural como es la que vivimos. Las situaciones que se provocan son ridículas e impropias de una cultural que dice defender valores como la dignidad de las personas: cientos de miles de personas en situación de irregularidad casi perpetua, derechos sociales y laborales muy mermados… y, como hemos dicho, la que posiblemente sea “la madre del cordero”: la imposibilidad de participar en la vida política del entorno del que son vecinos, del sitio que habitan.

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Javier Rodríguez

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