Los últimos de Filipinas

La catástrofe causada por el supertifón Haiyan ”es aún mayor que la del Katrina”, ha dicho el ministro Margallo. Hace bien en compararlo con uno de los huracanes más mediáticos que han existido, porque el número de víctimas y los daños materiales al menos quintuplican las cifras de aquel. Y eso que cualquiera de los veinte tifones que asolan al año el archipiélago filipino alcanza fácilmente esas dimensiones. Pero en este caso, las televisiones han permitido tomar la medida del desastre. Vemos a niños de ojos achinados que juguetean entre los destrozos y son lo suficientemente distintos de sus coetáneos españoles como para poder mirarlos con humana sensibilidad, con urgente deseo de ayudar: justo lo que no haríamos con los chavales de Pérez Cubillas, de El Vacie sevillano o de La Cañada Real madrileña. Ya podemos decretar el estado de emergencia caritativa. Ahí van dos aviones, 50 toneladas, ¿qué más?

Hemos sido los primeros en actuar, ha dicho también Margallo, colgándose esa medalla. Nada debía añadir sobre la reducción del 23% del presupuesto en cooperación al desarrollo este año. ¿Quizás no deben relacionarse los daños mortíferos del Haiyán con la pobreza en que vive sumida la población del archipiélago? ¿Quizás tampoco deba mencionarse que en la conferencia sobre el cambio climático que se celebra estos días en Varsovia, será imposible llegar a un acuerdo de reducción de gases de efecto invernadero? ¿No es el momento, no es procedente, debe guardarse silencio por respeto a las víctimas…? ¿O más bien, no conviene desviar la atención de lo que ahora interesa remarcar: que no debe hacerse nada para que las cosas cambien, que sigue siendo de vital importancia quién es el que da y quién el que recibe?

Decía Eduardo Galeano que, a diferencia de la solidaridad, que se ejerce de igual a igual, la caridad se practica de arriba abajo y jamás altera las relaciones de poder. La población filipina lleva camino de convertirse varias veces en víctima: del tifón, de la distribución desigual de la ayuda y, cuando pase el tiempo, de la reconstrucción en beneficio de los poderosos. Pero así funciona la caridad: no transforma la injusticia, solo la disimula. Señor Margallo, no importa quién llegue primero a Filipinas, sino quién se queda, quién permanece, quién trata de defender los intereses de los humildes. Como en la vieja historia, lo que importa es quiénes son los últimos de Filipinas.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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