Mal bicho

Es un mal bicho. Y lo sabe. Se lo han dicho desde que era chico: maestros, padres, trabajadores sociales, vecinos… Así que se resignó a cumplir su papel, el papel de mal bicho. Cuando entró en la cárcel por primera vez se hizo tatuar un alacrán en el hombro, pera recordarse su condición de bicho. A partir de entonces todo vino rodado: el compañero de celda le tatuó el brazo, pero la cárcel le tatuó las entrañas. Sintió que por más esfuerzos que hiciera jamás podría huir de sus destino: paso del hurto al robo a mano armada, del consumo al tráfico, del mal carácter a la violencia, de la pandilla a la banda, y del barrio a la cárcel. Sus visitas a la cárcel se hicieron más frecuentes y más duraderas. Hoy cumple cuarenta tacos, y justo hoy sale del talego de cumplir su octava condena. “Reinserción social”, es la palabra mágica que ha escuchado mil veces en el despacho del trabajador social. Ojalá supiera por donde empezar. Lo de ser un mal bicho se le da bien, pero está cansado. En cualquier caso no sabe bien dónde podría reinsertarse un tipo como él. No hay nadie para recibirlo cuando sale por la puerta de la cárcel. Porque su mundo ya no está fuera. Tiene algo de dinero del trabajo que hizo dentro. Y podrá cobrar el paro. Poco más. Se mete en el primer bar que ve, pide una cerveza y tararea bajito el cumpleaños feliz. Se mira el alacrán del hombro. Le gustaría pensar que hay una oportunidad esperándole en algún rincón de su futuro. Debería haber oportunidades para malos bichos como él. Debería. Apuró la cerveza y salió a la calle.

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Gonzalo Revilla

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