Mapas

Antes vendían en las librerías escolares unos mapas de España en blanco, con tan sólo los contornos y un cuadriculado tenue. Y sobre dicho mapa en blanco el profesor nos hacía dibujar las provincias, los ríos y las cordilleras. Hoy podríamos añadir la distribución del cáncer por zonas geográficas y corpóreas: los de útero por aquí, los de pulmón más al sur, los de hígado en la costa, aquí los de piel. Mapas malditos que vienen a decirnos qué muerte nos acecha, cuál es nuestro destino según las estadísticas. En fin. Llaman la atención dos cuestiones: por un lado lo poco que sabemos aún de esta enfermedad, que se lleva por igual a unos y a otros, a jóvenes que a ancianos, a mujeres que a niños. Raro es ya quien no tiene algún familiar y amigo afectado de cáncer. Pero llama también la atención lo poco que queremos saber de algunas relaciones aparentemente sencillas, con la que existe entre la contaminación de nuestra industria y la incidencia de cáncer. “No está demostrado aún”, dicen, y tal vez sea cierto: porque esa no es la cuestión, sino valorar el interés real de demostrarlo. Y no dentro de un siglo, cuando ya nada pueda hacerse más que decir “pues de eso era entonces”, sino ahora, que aún estamos a tiempo de poner remedio, de evitar males mayores, de salvaguardar la salud de los niños y de los que aún están por llegar. Los mapas del cáncer resultan demoledores, pero aún más demoledor será la inacción, la apatía y el dejar pasar.

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Gonzalo Revilla

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