Marcas del corazón

Huelva busca su propia marca, más allá de los eslóganes afortunados que la han dado a conocer en el mercado turístico internacional. Una marca no es solo un logotipo o una imagen. Representa, según los expertos, los rasgos identificativos de una empresa o, en este caso, un territorio. Se habla incluso del personal brand, la marca personal que cada individuo debe forjarse en un mundo laboral cada vez más competitivo. De modo que esto de las marcas ya no es algo específico del mercado, o de la publicidad, sino que invade muchas otras esferas. Se nos ha colado, inevitablemente, en nuestro ADN social.

Hubo un tiempo en que las marcas, de ropa por ejemplo, no se veían. Se llevaban por dentro y a nadie se le hubiera ocurrido que un sastre estampara su firma en el traje confeccionado. Pero recuerdo en mi adolescencia a las chicas y chicos con el chaleco sobre los hombros, poniendo buen cuidado en dejar a la vista la etiqueta del fabricante. Ya entonces un pequeño cocodrilo se había atrevido a trepar hasta unas camisetas, una trasgresión que ahora parece discreta y se ha convertido en norma. Estamos acostumbrados a lucir el logo o nombre de la empresa en nuestra indumentaria, y esa publicidad gratuita se integra en un paisaje saturado de marcas que no sólo distinguen a las prendas de vestir: coches, ordenadores, móviles, eventos culturales… Compramos productos por sus marcas, o compramos la marca más que el producto. Porque la marca, dicen, es el alma de la empresa. Y mientras las cosas cobran alma y vida, el ser humano se cosifica.

Esta mutación nos deja poco margen de maniobra, porque nuestro corazón cada vez se mueve menos por emociones y sentimientos propios y más por las promesas que las marcas –las lovemarks– han deslizado en él. Ahora los “falsos dioses” del mercado se apropian hasta del lenguaje simbólico de lo espiritual, a fin de legitimarse. Como si no bastara con que el capitalismo se haya convertido, en la práctica, en la religión dominante, sostenida y alimentada por sus devotos consumidores.

En Huelva acabaremos encontrando esa marca que nos promocione. Pero más allá de la aparente inocencia de esta búsqueda, de la felicidad que prometen todas las marcas, necesitamos también profetas, a la vieja usanza, que nos alerten contra esta especie de idolatría. Voces críticas que nos recuerden quiénes somos, qué valores defendemos. Al menos, que no se olvide que la marca del ser humano solo se lleva por dentro.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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