Miedo incrustado

Alimentar el rencor termina provocando úlcera. Por eso ella prefirió dedicar sus esfuerzos a olvidar, a borrar de las entrañas todo aquel dolor. Se fue lejos, tanto como pudo, y allí rehízo una vida parecida, una vida paralela, con un océano de por medio, y sin los golpes y los insultos. Y dejó pasar el tiempo, puso un montón de años entre el pasado que quería olvidar y un futuro que imaginaba feliz, distinto al menos. Y volvió, se encontró con una ciudad distinta, crecida, llena de jardines; trató de rescatar su antiguo trabajo, a su familia, a sus amigos. Sólo había una persona a la que no quería ver. Y durante un tiempo tuvo suerte, no se cruzó en su camino, aunque era una ciudad pequeña para que eso durara. Pero con lo que no contaba era con el miedo, con aquel miedo pegajoso, intenso, omnipresente, que se fue colando de nuevo en su vida, invisible. Trataba de vivir como si ese miedo no existiera, y a ratos lo conseguía. Pero fue consciente de que el precio que debía pagar por vivir en su ciudad era ese miedo incrustado. Le parecía injusto, pero inevitable.

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Gonzalo Revilla

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