Miedo: objetivo conseguido

Andaba yo muy dispuesta a escribir sobre la necesidad de establecer conciencia de paz en este tiempo tan convulso, cuando en pocas horas y de distintas fuentes me han llegado varios artículos de opinión, los cuales, unos de una manera totalmente ofensiva-agresiva y otros desde un análisis reflexivo y bien argumentado del problema, urgían al lector a la toma de conciencia de lo que se nos viene encima. Y en una cosa tienen razón, el odio radical que desde hace mucho se ha ido fraguando, ya está aquí y no lo hemos querido ver venir. Es un odio grande, igual de grande que el que han sentido siempre, todos los miembros de cualquier célula terrorista, en cualquier punto del planeta, contra sus enemigos. Es un odio que salpica a los suyos y a los nuestros, un odio con motivos pero descontextualizado y para nada excusable.
Y, ¿para qué ponerse hablar de paz, si el objetivo está ya cumplido?. El miedo está sembrado, abonado, incluso ya ha crecido y está dando fruto. La pregunta es, ¿a quién le atribuimos el mérito? Unos dicen que a esos radicales que andan reivindicando venganza, robando vidas a punta de pistolas o de bombas y dispuestos a inmolarse. Otros dicen que a los mandatarios explotadores que llevan siglos saqueando y torturando a los pueblos pobres. Yo digo que los dos, los unos por amedrentarnos y robarnos vidas de las manera más cruel, a este y al otro lado del mediterráneo, y los otros porque se han aprovechado de que nuestros corazones andan estos días encogidos, que los temores fluye a flor de piel y que están más que justificados.
Yo no quiero ser atacada, torturada, violada o matada, no quiero sufrir. No quiero perder mis libertades conquistadas por mérito propio o heredadas gracias a los sacrificios y lucha de quienes me precedieron, pero tampoco quiero seguir el juego al odio, darle la razón a la venganza y que la muerte venza, no quiero que mi miedo sirva para justificar el ataque a otros países, como no me gustaría que nadie viniese a bombardearme a mí por culpa del daño que ETA pudo hacer en el país vecino. Creo en los signos de paz, y creo que en estos tiempos es cuando hay que dar ese paso de valentía y abrazarse a las convicciones, porque todo conflicto tiene un origen de injusticia. Yo quiero desear mi paz al pueblo sirio que es víctima de tanta masacre y a la cantidad de musulmanas y musulmanes que conozco y que son buenos a rabiar. Mi paz y mi silencio para esas vidas apagadas que por ser más cercanas más nos han impactado, las quiero hacer mías y llorarlas como si de mí misma se tratase.

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Carmen Murillo

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