Mohamed

El sol está en lo más alto. Hace mucho, mucho calor, y por eso la playa está abarrotada. Algunos se bañan, sobre todo niños. Él acaba de salir del agua, y mira al horizonte. Se pregunta cómo estará su primo, que no ha llamado desde que marchó. A veces le imagina en un gran coche, dando grandes carcajadas, con uno de esos bañadores de colores vivos. El día que acumule suficiente valor también intentará cruzar. Pero hay quienes dicen que no es tan fácil, que muchos acaban internados en centros, o devueltos a Marruecos. Le da igual: lo intentará de todos modos, lo que ve por la tele de España es muy chulo, la gente tiene cosas y se ríe mucho. Y tal vez pueda ir a un partido del Barcelona, eso estaría bien. Sus amigos le interrumpen gritando: van a jugar un partido en la orilla. Esos niños son su única familia, todos viven en la calle, todos piden limosna, todos esnifan pegamento, todos sueñan con cruzar. Pero mientras juegan al fútbol son iguales que esos otros niños que juegan en la costa de enfrente, a pocos kilómetros, pero a un abismo de oportunidades. La tarde se estira, el sol va bajando, y se esconde entre las calles de Tánger, la gente abandona la playa, un camello dormita, aburrido de fotografiarse con turistas. Y los niños siguen jugando, ajenos a todo. Mohamed mira una vez más al horizonte, y sus sueños se disparan. Tal vez mañana. Tal vez cuando acabe el verano. Un ferry sale del Puerto y enfila hacia España. Hace mucho calor.

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Gonzalo Revilla

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