Moral y latex

Los primeros meses se sentía tan avergonzada que dejó de ir. Había sido siempre una buena parroquiana, colaboradora entusiasta de aquel cura bonachón y entregado. “La párroca”, bromeaba él. A ella no le importaba: abría y cerraba los locales parroquiales y el templo, organizaba las reuniones de las catequistas, ayudaba a llevar las cuentas… Pero un día, aquel cura bonachón y entregado entró en la farmacia cuando ella estaba comprando: la caja de preservativos estaba sobre el mostrador, bien visible. Y aquel cura ya nunca volvió a ser bonachón, al menos con ella. A los pocos días le pidió las llaves de los locales, y le dijo que su grupo de catequesis lo llevaría en adelante otra persona. Balbuceó algo sobre el mal ejemplo, sobre la moral, y ella se marchó, avergonzada y confusa. Dejó de aparecer por la iglesia, daba excusas tontas cuando sus niños de catequesis le preguntaban, inventaba enfermedades ante sus vecinas. Luego la vergüenza fue mudando en rabia: se negaba a que nadie juzgara su moralidad, ni siquiera un cura. No podía entender de qué manera el uso de preservativos podía resultar un mal ejemplo, ni qué moral era esa que se tambaleaba por un trozo de latex. Ni que tenía que ver aquello con su compromiso cristiano, con el evangelio. Y la rabia, por fin, fue mudando en paz. Se sentía, otra vez, tranquila y confiada. Llegó el domingo y entró en la iglesia, sostuvo la mirada helada con que el cura le recibió y se sentó en el primer banco. Si alguien tenía que irse de la Iglesia no era ella. Eso seguro.

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Gonzalo Revilla

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