Muerte de un video club

El video club de mi barrio ha cerrado. No ha podido resistir la competencia del cable, las plataformas digitales, la piratería internauta o el top manta. Otro pequeño comercio hundido por la garras de los grandes gigantes de la comunicación. En los ochenta asistimos a la muerte de las pequeñas tiendas de barrio, asesinadas por las grandes superficies comerciales, poco después murieron las salas de cine, ahogadas por los espacios de multiocio, ahora le toca el turno a los video clubs, incapaces de competir con la comodidad del video a la carta, comprado o alquilado desde casa, cuando no bajado de Internet. Y es que la ciencia avanza que es una barbaridad. Y en las leyes del mercado el pez grande también se come al chico. El dueño del video club de mi barrio echa la culpa a los inmigrantes que pasean de bar en bar, vendiendo por poco más de un euro copias piratas, cutres, envueltas en plásticos que anincian su propia pobreza. Y se equivoca, los asesinos del video club no son los vendedores del top manta, sino los grandes competidores del sector, los que ofrecen películas a la carta (Digital Plus, Ono o Imagenio) y la red de redes que permite bajar gratuitamente lo que las multinacionales venden por el triple o el cuadruple de su valor.

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Dimas Haba

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