Nacer y vivir sin DERECHOS

No sé su nombre, sólo su tragedia,  la llamaré Ashkha, llegó el viernes pasado al puerto de Almería tras intentar cruzar el estrecho en una barcaza, junto a otras, exhaustas y rotos de dolor. Esta camerunesa pasó varios años en el norte de África “matándose” para hacer dinero y poder enrolarse junto a su hija en alguna patera que le llevase a la tierra prometida, allí donde la pequeña pudiese estudiar  y tener un mejor futuro. Pero desgraciadamente su esfuerzo no ha tenido recompensa,  por el camino su hija de 5 años cayó al mar, junto a otros 8 niños aún más pequeños, y desapareció entre olas inmensas, y de ella, de todos ellos, tan sólo quedará el recuerdo en el pecho de una madre y en el dolor cómplice del que se pare a escuchar y acompañar su lamento. Ashkha está destrozada, se siente culpable, a su corazón se lo ha tragado el mediterráneo.

 

Y esta semana escuchamos el dolor de estos cameruneses a la vez que celebramos el aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, probablemente el más importante y sencillo mensaje que nos hemos dado como humanidad, probablemente el mayor de los dolores. Si miramos a los ojos de mujeres tan valientes como Ashkha reconoceríamos fácilmente las yagas de sus corazones y de su piel, y desde ahí sería más fácil comprometernos, comprender por qué es fundamental luchar en todo el mundo porque la Declaración Universal, que situó al ser humano en el lugar que se merecía, sea una realidad cuanto antes. Tras 66 años seguimos andando y desandando  camino, perdiendo la oportunidad de guiarnos con este certero mapa, poniendo en cuestión su utilidad, y poniendo en definitiva en  riesgo nuestra propia pervivencia como sociedad.

 

Ashkha ha nacido y ha vivido sin Derechos que pudiesen abrigarla. Y ahora también se siente culpable, expulsada, engañada. Pero realmente los responsables de su dolor son otros, tienen nombre y apellidos, y hacemos bien en señalarlos.  Los asesinos son los que blindan las fronteras echando a los que “sobran” al mar o al desierto; los que azuzan las guerras en su tierra para robar su patrimonio; los que se pliegan a los intereses y al miedo mientras esconden su tesoro en paraísos fiscales; los que frenan la universalidad de los Derechos Humanos. En definitiva, los que no llorarán junto a ella. Ella ha nacido y ha vivido sin Derechos, y ya es hora de que todos seamos capaces de hacer que la Justicia, aunque sólo sea por un instante, le alcance para disfrutarla. Feliz día de los Derechos Humanos.

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Andrés García

voluntario de 2Orillas, participa de la columna de prensa "La otra orilla" y del programa de radio "Señales de Humo"

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