Nahua-Yura

Una peli curiosa, iba pensando mientras abandonaba el cine. Este año casi se le escapa el Festival, pero al final se decidió por aquel largometraje peruano, con un director de nombre impronunciable. Y le gustó: cortita de presupuesto, con actores descaradamente noveles, pero interesante. El protagonista era un miembro del pueblo de los Nahua-Yura, amenazado de extinción por unas explotaciones mineras indiscriminadas de empresas ajenas a Perú. Y toda la película, con mucho de documental, narraba las peripecias del joven indígena para evitar el atropello y la aniquilación de su pueblo. En su retina aún vibraba un escena, que sostenía a su entender toda la película: el protagonista se enfrentaba a un miembro del Gobierno, encargado de la protección de los Pueblos Indígenas, un cínico corrupto y pagado de las empresas mineras. Hay un primer plano del indígena, y la cámara se detiene en su rostro, en su mirada rabiosa. Pero tras esa rabia, y sabiendo además que defendía una causa perdida, había un brillo intenso, un brillo que no podía ser sólo interpretación. Un brillo en el que se sintetizaban todas las causas indígenas, toda la esperanza y la frustración, toda la milenaria sabiduría de quien sabe que llegó su hora, que acabó su tiempo. Y aún así en esa mirada sostenida hay orgullo, dignidad. Ese primer plano es el punto álgido del largometraje. Y es esa mirada la que lleva grabada en su retina. El Festival siempre le ha dado sorpresas. Incluso inexistentes.

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Gonzalo Revilla

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