Ni freno ni límite

Quejarse de la navidad es tan recurrente como quejarse de los jefes, o hablar del tiempo. Quejarse de la navidad es tan recurrente como quejarse de los jefes, o hablar del tiempo. Parece que todo el mundo acaba harto de estas fechas, del consumo, del exceso de casi todo, del bombardeo de publicidad, de regalos inútiles que no sabemos dónde meter. Pero nadie pone freno ni límite, como si no pudiéramos controlar esta enorme maquina de hacer consumo que viene siendo la navidad. Es más, antes de terminar de quejarnos nos lanzamos, voraces, contra el escaparate de la rebajas, gastando un dinero que ya no tenemos, estirando las tarjetas: el “consumo” como acto placentero, una versión sofisticada del placer de “tener”. Somos raros. Hasta el tiempo lo consumimos vorazmente: antes de navidad se presentó el cartel de Semana Santa, y pronto estaremos en Carnaval, ya antes tal vez nos venderán el veraneo enlatado. Somos raros, porque todo esto, al final, nos deja insatisfechos, con cierto complejo de glotonería vital. Pero nadie pone freno ni límite. Nadie es capaz de enfrentarse a esta sociedad autofágica que hemos creado, nadie (o muy pocos) quieren romper la baraja a favor de la cordura, la austeridad, la educación del deseo. Somos raros.

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Gonzalo Revilla

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