Niños esclavos

Más de diez millones de niños en el mundo son trabajadores domésticos ilegales. Niños que limpian, planchan, cosen, cocinan o cuidan de ancianos. Trabajan en condiciones que rozan la esclavitud. Sus edades oscilan entre los cinco y los quince años y más del 70% son niñas, según ha informado en esta semana la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Son menores vulnerables a la violencia física, psicológica y sexual, expuestos a condiciones de trabajo abusivas. Según esta organización con frecuencia están aislados de sus padres, ocultos a la mirada pública y llegan a ser muy dependientes de sus empleadores.

Este es el mundo, esta es la sociedad que estamos creando, una sociedad que prima la violencia, que prima el sufrimiento, que prima la explotación. Ante nuestras narices se está dando esta realidad sangrante y volvemos la mirada, dejamos que suceda. Más de diez millones de niños se están quedando sin infancia, sin ilusiones; más de diez millones de niños no saben lo que es el juego, lo que son los cuentos de hadas, lo que es el cariño, el mimo, el cuidado. Sirven a intereses económicos, que vulneran cualquier declaración de derechos humanos o de derechos de la infancia. Necesitamos un marco jurídico sólido para reconocer, prevenir y eliminar el trabajo infantil, allá donde se dé. Aún más: necesitamos un marco jurídico que elimine la explotación sea del tipo que sea, que ordene un trabajo decente y digno, que condene todas aquellas prácticas que minan la dignidad de las personas, que recorte las diferencias entre los que más tienen y los más empobrecidos.

Pero, para eso hemos de transformar las conciencias, hemos de descubrir y de hacer descubrir que de esta forma no vamos a ningún lado, que de esta forma destruiremos el mundo construido con tanto sufrimiento, con tanta muerte, con tanto esfuerzo y destruiremos también al ser humano. Hemos de ser constructores de solidaridad, denunciantes de abusos, destructores de explotación e injusticia. No es posible que consintamos la esclavitud y la estamos consintiendo cada vez que justificamos los empleos precarios, la brecha salarial entre hombres y mujeres, el machismo imperante o ahora la explotación infantil para vencer el hambre. Otro mundo es posible pero no llegará solo; habrá que hacerlo florecer y en esa tarea no hay suplentes.

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Dimas Haba

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