No tenemos pediatra en nuestro barrio

Tenemos el mejor sistema sanitario del mundo. Esa afirmación, que puede parecer chauvinista, no es mía sino fruto de un estudio de la Organización Mundial de la Salud. Nuestros médicos son los mejor formados; el sistema público de salud es universal, es decir, cualquier persona tiene derecho a sus prestaciones; es gratuito, porque se financia por otras vías que no son el cobro por la asistencia recibida; cubre todo el territorio nacional; para una parte considerable de la población, los medicamentos son gratuitos; emprende campañas de salud pública sin coste para los usuarios, como es el caso de las vacunaciones; cualquier tratamiento o intervención que haya sido clínicamente testado está cubierto por el sistema; y el modelo de urgencias y emergencias es eso, modélico. Ni siquiera los países nórdicos cuentan con un sistema como el nuestro. Y no hablemos de los Estados Unidos.

Pero el sistema tiene problemas, que no son inherentes a él. La atención por parte de médicos especialistas, para consulta, siempre ha sufrido una demora de meses. Lo mismo ocurría con las intervenciones quirúrgicas. Cíclicamente las urgencias de los hospitales se colapsan, como cuando hay un pico de gripe. Los médicos de familia siempre han contado con poco tiempo para atender a sus pacientes. El gasto farmacéutico ha hecho realidad el sueño de todos los laboratorios… Pero todos estos problemas no son fruto de las características del sistema (gratuidad, universalidad, cobertura nacional,…). Son fruto de la dejadez, más o menos interesada, de los profesionales y de la administración, de los intereses comerciales de otros y del mal uso de sistema que, en ocasiones, hacemos los usuarios.

Porque no tendría que haber lista de espera quirúrgica si los quirófanos se pudieran utilizar por las tardes; la lista de espera para los especialistas desaparecía con un aumento de la plantilla de los mismos; el médico de familia podría atender con más calma al enfermo si tuviera la mitad de pacientes (es decir si hubiera más médicos); el gasto sanitario sería menor si la administración impusiera el uso de los genéricos (aun así ganarían dinero las farmacéuticas). Esto por decir algo.

Pero el sistema sanitario público se deteriora, y le aparecen nuevos problemas: ahora se colapsa la atención primaria, al menos en la Comunidad de Madrid. Antes, con llamar temprano, el médico de familia te atendía en el día. Ahora te atiende tres o cuatro días después.

Otro problema del sistema es la “fuga” de profesionales sanitarios al extranjero. Enfermeros y médicos tienen ahora como destino Portugal o el Reino Unido. ¿Qué es lo que pasa? ¿Cómo es que en un sistema donde no sobra un profesional, estos se marchan fuera a ejercer? ¿Cómo es posible que al mismo tiempo se contraten profesionales polacos?

Una de cuentas. Pongamos por caso un pediatra. Es un chico de familia trabajadora, clase media baja. Entra en la escuela a los tres años. Da igual que sea pública o concertada, porque el dinero sale del mismo sitio. Pasa tres años en la Educación Infantil; otros seis en la Educación Primaria; cuatro años en Educación Secundaria; dos en el bachillerato. Nuestro muchacho ha sido un alumno aplicado, hace la selectividad y saca de nota un 8,4 con lo que puede acceder a medicina. Se pasa seis años en la facultad, se saca el MIR, y se pasa otros tres años en un hospital aprendiendo y trabajando. ¿Cuánto ha costado su formación a la Hacienda pública? En el preciso momento en que yo me hago esta pregunta, nuestro muchacho se da cuenta de que está saturado de trabajo, poco reconocido socialmente y decide aprender inglés o portugués, al tiempo que ejerce.

Como se puede comprobar, no hace falta ser economista especializado en sanidad para caer en la cuenta de que esto es un mal negocio.

Negocio. Sí, porque al final se trata de eso. Si mi hija no puede ser atendida por un pediatra en el centro de salud es porque alguien ha decidido hacer negocio con la salud de los madrileños. Seremos pobres, pero no tontos. El mecanismo es simple: deterioro concientemente aquello que quiero privatizar; cuando no funciona, digo que la culpa es del modelo público, le echo la culpa a los funcionarios o al empedrado; afirmo con rotundidad que la gestión privada es mejor que la pública, sosteniendo esta afirmación sobre la nada; aprovecho la indiferencia aborregada de los ciudadanos, y comienzo a dar pasos privatizadores. Pasos pequeños, primero. Enormes zancadas, después.

Esta es la estrategia en la Comunidad de Madrid. Los primeros pasos ya los dieron: gestión mediante fundaciones para los nuevos hospitales; concierto con clínicas privadas para eliminar la lista de espera. En la misma línea va el número que montó el consejero de Sanidad en el hospital Severo Ochoa de Leganés. ¿Funciona mejor un hospital privado que uno público? ¿es mejor la atención? ¿sale más barato a los madrileños? Obviamente no.

Y es que lo que se olvida a Esperanza Aguirre es que la gestión privada de determinados asuntos no es más eficaz que la gestión pública. Defienden que, porque ella y sus compinches privatizadores podrán ganar más dinero, el sistema será mejor. Mienten. El sistema no podrá ser mejor porque el gestor siempre tendrá en cuenta los balances económicos y los priorizará respecto a la atención al paciente. Se empeorará la atención, porque el médico de cabecera tendrá más pacientes y menos tiempo para atenderlo. Se empeorará la atención, porque se darán altas prematuras en los hospitales, se tendrán que reducir las prestaciones cubiertas por el sistema y los médicos se lo pensarán mucho antes de prescribir una intervención o un tratamiento.

Campo abonado para las aseguradoras. Y todos sabemos como son las aseguradoras a la hora de pedirles que se cumpla lo acordado en la póliza.

El criterio médico, científico y profesional, orientado a sanar será supeditado a la consecución de mayores beneficios económicos.

Nos quieren robar una de las riquezas que hemos levantado los trabajadores. Porque somos nosotros, con nuestras cotizaciones a la Seguridad Social, con nuestras nóminas y nuestros impuestos, los que hemos levantado y sostenido este sistema público de salud.

Nos toca defenderlo.

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Dos Orillas

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