Objeción de Conciencia

Un soldado israelí reacciona, y decide que no va a bombardear más a civiles palestinos; un británico destinado en Irak deserta, como protesta por las barbaridades que observa; un joven de Huelva decide que no quiere financiar los ejércitos, y hace la objeción fiscal; un paraguayo se niega a incorporarse al ejercito, convencido de su inutilidad. Y etcétera. Hoy es el Día Internacional de la Objeción de Conciencia. Los ejércitos ya han tenido su oportunidad, y por mucho que nos vendan a las Fuerzas Armadas como una especie de oenegé en busca de la paz mundial, lo cierto es que los conflictos armados están al orden del día. Muchas personas, en muchos países y de distintas maneras, hace Objeción de Conciencia a los Ejércitos. Convencidos de que hay otros caminos, otras formas de relaciones internacionales, otro concepto más amplio de la paz. Se tiende a mirar a estos movimientos con cierta indiferencia, como a una especie de tarados que no saben de qué va el mundo. Sin embargo la militarización, el armamentismo, la locura de las guerra, no conduce nunca a ningún lugar habitable: países arrasados, poblaciones aterrorizadas, odios viscerales y eternos. Y cadáveres, casi siempre inocentes, casi siempre civiles, amontonados en anónimas fosas comunes. La Objeción de Conciencia no es ingenua. Si lo es pensar que matarnos unos a otros es la única manera de organizar este planeta nuestro. Podemos vivir sin ejércitos. O podemos morir con ellos. Objeción.

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Gonzalo Revilla

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