Ocho Ocho Ocho

Ocho horas para trabajar, ocho horas para descansar y ocho horas para el ocio. No tiene sentido que a estas alturas andemos encadenados a jornadas laborales infinitas: se suponía que la tecnología, el desarrollo, la modernidad, nos iban a posibilitar disfrutar un poco más de la vida y dedicar un poco menos a los trabajos productivos. ¿Por qué entonces no conseguimos reducir la jornada laboral? ¿Por qué seguimos dedicando la mayor parte de nuestro tiempo a ganarnos un salario, sin tiempo para gastarlo en las cosas que nos hacen felices, que nos generan buenas vibraciones?

En estos tiempo de búsqueda de equilibrio: estaría bien poder dedicar un tercio de nuestro tiempo al descanso, sobre todo porque hace falta para que el cuerpo aguante; {{[otro tercio para el trabajo productivo->http://www.dosorillas.org/spip.php?article2541],}} incluyendo aquí las tareas domésticas, el cuidado de la casa y el resto de obligaciones “productivas”, aunque no remuneradas; y otro tercio al ocio, a leer, escribir, jugar con los niños, a todas esas cosas que “siempre quisimos hacer”…

No es imposible hacer esto: tenemos los recursos, la tecnología… pero hemos de invertir los valores, poner por encima la felicidad como fin último del ser humano, y no el productivismo. Hemos nacido para disfrutar, para hacer poesía, deporte, sexo, para dar paseos por la playa, para volar una cometa al atardecer, para jugar al mus con los amigos, para cuidar las flores, para montar en bici entre los pinos, para charlar despacio, para mirar las estrellas… Para poder hacer todas estas cosas dedicamos algunas horas a labores productivas: así conseguimos la comida, el agua, la ropa, la tele… Y para recuperarnos dormimos un rato más o menos largo. ¿Por qué es tan difícil equilibrar todo esto? Esta claro que los beneficios de nuestra excesiva dedicación a las tareas productivas no recae sobre nosotros, está claro que trabajar más no nos hace más felices, esta claro que terminamos siendo peones de otros intereses ajenos a nuestro bienestar o del bienestar colectivo…

Ocho horas para el trabajo productivo, ocho horas para descansar y ocho horas para el ocio. Os dejo aquí un cuento que ilustra todo esto. Pero cuidado: los cuentos nos enseñan, nos inspiran, pero no cambian nuestra vida: eso es cosa nuestra.

{“Cierto día, un hombre satisfecho con su vida contempla el paisaje marítimo en un muelle de un pequeño pueblo al que había llegado en un viaje. En ese momento un pequeño bote llega hasta la playa. En su interior sólo hay un pescador y algo de pescado. El hombre se acerca, felicita al pescador por la calidad del pescado y le pregunta cuanto le costó pescarlo. El pescador le contesta «Sólo un ratito, señor». Entonces el hombre le pregunta «¿Y por qué no te quedas más tiempo en el mar y pescas más peces?» El pescador le responde que con lo pescado le basta para sostener las necesidades inmediatas de su familia. Así que el hombre de negocios le pregunta «¿Pero entonces que haces el resto del día?» A lo que el pescador le responde «Me levanto tarde, pesco un rato, juego con mis hijos, hago la siesta con mi mujer, y cada noche salgo un rato con los amigos para beber vino y tocar la guitarra. Tengo una vida muy ocupada, señor.»

Aquel hombre satisfecho queda un poco confundido, y trata de convencer al pescador de que debería pasar más tiempo pescando, y con los beneficios comprarse una barca mayor; y con los beneficios de pescar con una barca mayor podría comprarse más barcas hasta conseguir una flota pesquera propia. Y así, en lugar de vender sus capturas a un intermediario podría venderlas directamente a la fábrica de enlatado y finalmente montar su propia fábrica de enlatado. Así, controlaría el producto, el procesado y la distribución, y podría dejar de vivir en este pequeño pueblo costero y trasladarte a la gran ciudad para dirigir mucho mejor su empresa en expansión…

Explicarle todo eso le llevo un buen rato al hombre satisfecho, y mientras tanto el pescador le escuchaba en silencio y muy atento. Al final el pescador le pregunta, «Pero, señor, ¿cuánto tardaría en lograr algo así?» A lo que el hombre de negocios responde «Entre 15 y 20 años». «Pero, ¿y después qué?»

El hombre satisfecho le mira con suficiencia y le responde «Entonces serás rico y podrás retirarte. Y trasladarte a vivir a un pueblecito pesquero, levantarte tarde, pescar un poco, jugar con los niños, hacer la siesta con tu mujer, acercarte al bar por las noches y tomarte un vino con tus amigos mientras te diviertes con la guitarra.»}

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Gonzalo Revilla

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