Optimismos engañosos

Vamos dejando atrás las edulcoradas y bienintencionadas felicitaciones de año nuevo. Y nos enfrentamos de nuevo a la realidad, obstinada y bastante gris. A los recortes, a las subidas de impuestos, al euribor, a las huelgas, al paro…Ya se: no son maneras de empezar el año, y en esta columna procuramos, cuando el ánimo nos lo permite, mostrar optimismo frente al futuro. Pero no cualquier optimismo, sino un optimismo con cierta solvencia, que nos ayude a salir del hoyo; y no un optimismo timorato y tontorrón que nos deje inermes ante este sistema tan hábil para convencernos de que los venenos que nos administra son buenos para nuestra salud.

Hay dos elementos curiosos, cada uno con su cara y su cruz, dos reacciones de la sociedad que contienen una peligrosa ambigüedad: las campaña de recogida de alimentos; y las huelgas y manifestaciones de los distintos colectivos profesionales. En una primera mirada: nada que objetar, lo primero nos habla de la solidaridad de la gente ante la pobreza que ve alrededor; lo segundo nos habla de cierta capacidad de lucha, de resistencia a los recortes. Ante estas dos cuestiones podríamos ser optimistas…

Pero demos una segunda mirada. Recoger alimentos para entregarlos a los empobrecidos es una medida de urgencia, una forma de paliar realidades familiares coyunturales. Pero cuando eso se convierte en una dinámica, cuando son demasiados los que hacen colas frente a los Bancos de Alimentos o Cáritas de turno, entonces hay que empezar a dudar de que esto sea bueno para la sociedad. Es una solidaridad de baja intensidad que anula y desarticula otra solidaridad más transformadora, la que busca una sociedad de justicia social, y no de limosnas permanentes. Ya digo: como medida de urgencia: bien; como sistema de distribución social: perverso.

Lo mismo ocurre con las manifestaciones de los distintos profesionales o sectores: hoy en la puerta de este centro de salud, mañana en aquel colegio, pasado en el servicio de autobuses, el siguiente la recogida de basuras… Como expresión de la indignación de la gente nada que objetar, pero como estrategia de lucha deja mucho que desear. El sistema disfruta viendo a los ciudadanos, a la clase trabajadora, empeñada en mil luchas pequeñas y fragmentadas. Es indignación, correcto, pero estéril, poco inteligente, fácil de derrotar.

Así que vamos con este 2013. Con optimismo, pero sin ingenuidades.

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Gonzalo Revilla

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