Otra democracia es posible

“La llaman democracia y no lo es”, lo gritaban los indignados del 15-M y fue la expresión pública de un sentimiento muy hondo, arraigado en la conciencia colectiva. También la afirmación de un sueño, el de una convivencia en paz, articulada en torno a valores como la equidad, la libertad y la solidaridad. Ignorar esa convicción y ese deseo, además de ser muy torpe por parte de quienes gobiernan, no serviría de nada, porque las transformaciones ya se están produciendo.

Pero no nos engañemos: en medio de cambios históricos, cuando se augura el final del bipartidismo, o al menos la forma de hacer política deberá forzosamente evolucionar, se cae fácilmente en la tentación de pensar que cambiando unos gobernantes por otros podremos darle la vuelta a la tortilla. La corrupción, el alejamiento de los problemas de los ciudadanos, las políticas de austericidio…, tantas barbaridades y robos hemos tenido que soportar, que desearíamos que la lucha por la democracia funcionara como el interruptor de la luz: que dándole el voto a otra gente, mudando a los que tienen el poder, el cambio sea relativamente fácil e inmediato.

El desafío frente a ese reduccionismo es enorme. Porque hemos terminado pensando que la democracia es simplemente votar de vez en cuando, sumar las libertades individuales, como si de ese modo se pudiera llegar a soluciones para todos de forma automática. Al final, la gran conquista del capitalismo no ha sido solo la de hacerse con el poder económico, que absorbe al poder político; lo peor es que también se ha quedado con los imaginarios colectivos, con la forma en que la mayor parte de las personas vemos el mundo.

El cambio democrático no vendrá por la dimisión de unos pocos corruptos, y es una engañifa airear que la regeneración tiene que ver con la ausencia de determinados nombres salpicados de sospecha. Los vuelcos que necesitamos solo podrán llegar cuando haya una ciudadanía organizada y presión en las calles; cuando se aborden de frente, sin rehuirlos, problemas estructurales como la crisis energética y el cambio climático; cuando un montón de iniciativas concretas, reales, incluso modestas, sigan disputándole la hegemonía al sistema económico que oprime al 99%. La construcción de esa otra democracia es un terreno en disputa, democratizar significa enfrentarse a los que sobreacumulan más de lo que les corresponde. Y eso genera conflicto, e implica también la responsabilidad de cada uno.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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