Otra vez será…

En pocas horas, el primer martes y miércoles de julio, se jugarán las
semifinales del campeonato mundial de fútbol de Alemania. Y algunos días
después, el domingo 9 de julio, concluirá este tan fantástico como
“globalizado” evento deportivo-comercial planetario.

Y si una cosa es cierta, es que ningún equipo latinoamericano está entre
los cuatro mejores clasificados. Mucho menos los asiáticos y africanos. Ni
Australia, único representante de Oceanía en la competición. Todo queda en
el “Viejo Mundo”, en esta ocasión, patrón absoluto de la pelota redonda.

La ronda final será totalmente europea. Sorpresivamente europea, si se
piensa que Francia, Alemania, Italia y Portugal llegaron al peldaño más
alto dejando de lado a otros tantos candidatos firmes al título, entre
ellos Brasil y Argentina, que estuvieron cerca pero se quedaron con las
ganas.

LA ENORME DECEPCION BRASILERA

La certeza del desplome vino la noche del primer sábado de julio con la
derrota de Brasil contra Francia. Era el último candidato latinoamericano y
salió por la puerta chiquita. Tal vez la más pequeñita de los últimos
mundiales. Casi no existió en la cancha. Le faltó lo que más se esperaba:
juego bonito. Tampoco tuvo ideas.

En el estadio de Francfort las imágenes eran surrealistas. Parecía que los
jugadores habían cambiado las camisetas antes de comenzar el partido.
Francia se apropió del mejor estilo brasilero y Ronaldo y compañía jugaron
al mismo nivel que el primer partido de Francia en la ronda clasificatoria
contra Suiza. Un fútbol mezquino, triste, intrascendente. Buscando el
resultado (¿pero cuál?), conteniendo, sufriendo…

Y fue así que alrededor de un Zidane enorme -protagonizando tal vez el
mejor partido de un jugador en este mundial- los galos bailaron la danza
del buen fútbol, ganaron casi todos los choques individuales, opacaron a un
aislado Ronaldinho y vencieron cómodamente a pesar de lo estrecho del
resultado (1-0)que hubiera podido ser más amplio de haber aprovechado un
par de ocasiones que eran más difíciles errarlas que hacerlas.

Todos esperaban la reacción brasilera. Pero ésta no llegó. Faltaban
recursos. Y Brasil adoleció de un mal congénito que venía ya de su
preparación en Suiza: el de ser favorito total, aplastante, casi único. Las
encuestas lo endiosaban; las apuestas no desmentían. Era el mundial de y
para Brasil. Y en este arte-deporte, no hay peor cosa que ser “el”
favorito. Sube a la cabeza aunque no se quiera. Marea. Desestabiliza. Pone
a los jugadores bajo una presión mediática insostenible. Y aunque Brasil
trató siempre de relativizarlo con samba y alegría, esta fórmula hoy ya no
alcanza para nada.

Y vienen las sorpresas. Una Francia que creció desde abajo y por quien al
comienzo nadie jugaba un peso, le dio la bofetada final. No es nuevo. La
historia se repite como en 1986 y 1998. Pero no por repetida deja de ser
dolorosa. La sombra de Brasil afuera y Latinoamérica sólo tiene derecho a
volver a soñar de cara al 2010 en Sudáfrica. Falta mucho.

UNA ARGENTINA “GRANDE” AUNQUE INSUFICIENTE

Apenas 20 horas antes de la derrota brasilera, el viernes 30 de junio,
había sido la despedida de Argentina, batida en Berlín por la anfitriona
Alemania por penales. Era el otro candidato fuerte del continente. Pero
tampoco le alcanzó lo que hizo. Apenas insuficiente. En esta historia de
partidos únicos no cuenta “lo que hubiera podido ser”. Se fue del mundial
sin haber perdido ningún partido en el tiempo reglamentario. Pero se fue.

Había batallado con enorme entereza durante todo el partido. Hasta el
minuto 80 pareció que se le podía dar el 1-0 a su favor gracias a ese
hermoso cabezazo de Ayala. Pero no pudo hacer el segundo. Y goles son
amores. ¿Quién mejor que Alemania lo sabe? La armada germana se lanzó a
dejar la vida en el campo albiceleste. Y otro cabezazo, esta vez de Klose,
le trajo esperanzas a los locales que nunca antes en este mundial habían
estado tan contra las cuerdas y a punto de derrumbarse.

El tiempo complementario anodino. Y los penales, como cualquier tómbola
del destino, le dio la victoria. Las paradojas sobraron en la capital
alemana. Sorín, un pilar de Argentina, cometió un solo error contra
Alemania, y fue el gol contrario. Ayala, imperial, el mejor jugador
argentino de todo el mundial, erró el primer penal. Y el segundo,
Cambiasso. Quien paradójicamente había dado el zapatazo final para marcar
el segundo tanto argentino contra Serbia-Montenegro. Tal vez una de las más
bellas acciones del torneo, con 25 toques previos y un taquito de Crespo en
el área como antesala del golazo. Así es. En el balance global fue el
equipo del continente más atractivo, intentando de apostar a su filosofía:
la gambeta, el pase corto, el desborde individual. Vale la intención. Casi
lo logra. Un árbitro pro-alemán; los penales y su propia autocensura lo
impidieron.

Sus actuaciones, hay que recordar, fueron tan desiguales como
sorprendentes. Había ganado agónicamente a Costa de Marfil; bailó a Serbia;
manejó con displicencia aunque no le ganó a Holanda. Y en la ronda
siguiente, batió con sacrificio a un México generoso y crecido que casi le
roba el resultado, en tanto en muchos momentos del partido le había robado
la pelota, su estilo de juego y la iniciativa.

CONTINENTE CON ALTI-BAJOS

Y fue justamente México el otro animador latinoamericano del mundial,
aunque su juego en la primera ronda fue tibio y debió sufrir demasiado
contra Angola e Irán, equipos, teóricamente, muy por debajo del nivel
azteca.

El “gran” México se vio contra Argentina. Y uno de los dos tenía que
perder, en un partido que ninguno de los dos merecían perder. Pero el
fútbol es implacable, y el mundial no perdona.

La “sorpresa” casi la da Ecuador. En un grupo complicado logró como México
pasar la primera ronda. Aunque luego no estuvo a la altura de las
circunstancias confrontando a un compacto Inglaterra. Quedan en el
recuerdo momentos muy interesantes de un juego original, crecido y con
perspectivas.

Las grandes decepciones del continente: Costa Rica y Paraguay.
Inexistentes, casi humillados, pasaron desapercibidos. Sobretodo los
sudamericanos, que nos tienen acostumbrados a su carácter fuerte en la
cancha y no dejarse pisotear por nadie. Fue una sombra y decepcionó.

El balance global para Latinoamérica no es bueno. En todo caso, no
demasiado. Muchas expectativas -Brasil- sin concretarse; un deslumbrar
mágico -Argentina contra Serbia- que no alcanzó para conmover; la garra
mexicana insuficiente; el intento de buen juego ecuatoriano, todavía
ingenuo. Se esperaba más. Esperábamos más. Mucho más.

Y junto con la retrospectiva mitigada, los grandes ausentes. Unos, como
Ronaldinho, agotado en sí mismo y sin magia. Se autoexcluyó. No fue
protagonista sino la sombra de la sombra Brasil. Otros, como Robinho o
Messi, sin la oportunidad para convertirse en “hombres del mundial”.
Jugaron poco. No tuvieron oportunidades. Tal vez no podía ser de otra
manera. Hay tiempo. Siguen siendo adolescentes. Apostamos a ellos para que
recreen el “fútbol-espectáculo” latinoamericano que casi pasó
desapercibido en Alemania.

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