Otros precarios

En el barrio se decía que la tienda de Ricardo sería la que aguantaría. No era un comercio con muchas pretensiones, solo uno de esos humildes “desavíos” que tanto proliferan últimamente, aunque el suyo ya había echado raíces; pero la amabilidad de su dueño y su talento natural para la venta le otorgaban una identidad propia. Ricardo había nacido en Argentina, y de su patria conservaba no sólo la dulce cadencia de su acento, sino la implacable resistencia de quien está acostumbrado a vivir con poco porque agradece a la vida más de lo que echa en falta. En el Sur siempre han sabido lo que es “estar en crisis”, y esta crisis-estafa española no le pillaba de improviso.

Ahora acabo de enterarme que Ricardo ha tenido que cerrar. En el último año la competencia se ha vuelto tan voraz como absurda, un reparto imposible del mismo trozo de pastel en cachitos cada vez más pequeños: en un radio de 50 metros, cinco comercios similares al suyo pugnan por vender más piezas de pan por el mismo precio, por atraer al mismo tipo de clientes, por engatusarlo con otros reclamos. Ricardo lo intentó: le plantó cara al chino de enfrente ofreciendo siete baguetinas por un euro, incorporó helados a su oferta, amplió el horario de atención al público. Los ingresos iban en descenso mes tras mes, y mientras, el alquiler del local no bajaba, la cotización a la Seguridad Social tampoco y los impuestos de ayuntamiento mucho menos. Y hasta aquí llegó.

Es posible que Ricardo, que es lo que ahora se llama un emprendedor, no tire la toalla e intente buscarse la vida por otros medios. O quizás pase a engrosar las criminales cifras de desempleo, sin más pago a sus esfuerzos que el triste desaliento. Tendrá derecho a una prestación ridícula de pocos meses por cese de actividad, y ya veremos si logra malvender el horno en el que cocía su pan, seguramente a otro emprendedor que trate de sobrevivir con lo mínimo en otra tiendita como la del propio Ricardo. Cuando se habla de cultura emprendedora y se aplaude el impulso económico que genera todo suena a hermosa literatura. Luego viene la realidad: la dura realidad de esos pequeños comercios precarios a quienes no cubre el paraguas de los ERE, ni tienen una reforma laboral que los bendiga, pero continúan siendo galeotes remando en este barco de la crisis. Todo está muy bien pensado. O, como decía Ricardo al recibir las monedas de sus clientes: “¡Espectacular!”

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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