Padre y padrastro

El bar de mi amigo Manolo no tiene más de quince metros cuadrados, incluida la barra, la cocina, la máquina de tabaco, la tele, el expositor refrigerado que exige al normativa, las botellas, el trapo en la cintura y la tiza que se coloca en la oreja. Cuando llega el verano la cosa mejora, pero en invierno hay que salir para ponerse el abrigo. Ni les cuento la gracia que le ha hecho la última amenaza de la señora ministra de sanidad: “estudia” prohibir, en todos los bares pequeños, el consumo de tabaco. Para Manolo, como para el quiosquero de la esquina, que ha reducido su sueldo a la mitad y sigue trabajando de sol a sol, papá estado se está convirtiendo en un inesperado padrastro. Por eso se manifiestan, como los estanqueros o los mineros que se encerraron esta semana en la Delegación de Empleo reclamando que papá estado atienda sus necesidades.
Estos alardes de fortaleza estatal pueden terminar volviéndose en contra. El Estado no es omnipotente, diga lo que diga la señora ministra, ni su cartera ilimitada; por ello, conviene dosificar las fuerzas y el dinero, porque la sociedad tiene otros muchos problemas, además del consumo de tabaco.

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Dos Orillas

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