Palabras tóxicas

El espectáculo que los representantes de las administraciones han vuelto a dar ante los onubenses es tan deleznable y está tan contaminado como los propios fosfoyesos, que han sido esta vez la excusa para la gresca. Gobierno y Junta se endosan mutuamente la reponsabilidad de la regeneración de la zona, que te toca a ti limpiar la marisma contaminada, anda ya, que es cosa tuya. ¿Cómo no enrojecer escuchándolos?

¿Y qué cabe esperar? El Gobierno Central acaba de incorporar a una ministra que sabe mucho de este asunto y que, incluso siendo preguntada, todavía no ha dicho esta boca es mía, como si no fuera importante o le conviniera callarse, y no se sabe cuál de las dos posibilidades es más preocupante. La Junta, por su parte, se arroga el papel de velar por el cumplimiento de las normas medioambientales, como si fueran nuestros más valiosos protectores; pero mientras, a escasos kilómetros de Huelva, acaba de valorar positivamente la reapertura de la mina de Aznalcóllar, sin contemplar en su informe la posibilidad de una rotura de balsas. O sea, que no sólo no saben, o no quieren, solucionar los desastres medioambientales, sino que no aprenden de sus propios errores. Como este otro: ocho años después de la sentencia que paralizó las obras, El Algarrobico sigue en pie pese a los 17 pronunciamientos judiciales que demuestran su ilegalidad. Y todavía hay quien se atreve a reclamar su apertura, amparado en la falacia de la creación de empleo. ¿Es ese el espejo en que debemos mirarnos los onubenses?

Los partidos del Gobierno y de la Junta ya han demostrado que, cuando quieren, son capaces de ponerse de acuerdo. Para bajar la cabeza ante los mercados y pactar una reforma de la Constitución sí fueron juntos, y hasta se ha hablado insistentemente estos días de un gran gobierno de coalición. Sin embargo, para buscar soluciones a los problemas que afectan a la vida real de la gente, a su salud, o simplemente para cumplir la ley, eligen la estrategia de la confrontación y el engaño. Ahí siguen las miles de toneladas de residuos tóxicos junto a la ciudad, tan tóxicos como sus propias palabras.

En Huelva ya estamos acostumbrados a la desidia. Pero la experiencia nos dice que cuando los ciudadanos, al margen de cualquier color político, nos unimos para luchar por nuestro futuro, las cosas empiezan a cambiar. Hace falta una gran movilización para que la sentencia sobre los vertidos se cumpla. Ojalá, más pronto que tarde.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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