Palmeras

Qué tristeza dan esas palmeras desmayadas, con los brazos yertos. La ciudad está llena de cadáveres. Pasear por Huelva es atravesar un cementerio de palmas, ir encontrando fantasmas entre los vivos: aquí una con las ramas amarillentas, esa otra de cuerpo presente, aquellas que ya han sido taladas y cuyo espíritu pervive, solitario y enérgico, en el recio tronco desmantelado, como aviso para sus hermanas aún frondosas. Una vez afectada poco o nada puede hacerse por la majestuosa planta, que agoniza impúdicamente a la vista de todos, en espera de la extremaunción de la poda. El espectáculo de la muerte es obsceno hasta en el reino vegetal.

Las palmeras enfermas producen desasosiego y congoja porque nos hablan de nosotros mismos. De la sensación de impotencia ante lo inevitable. De la resignación frente a lo que nos supera. De la rendición, del fracaso. Por eso duele verlas, acatando lo inexorable: no hay remedio para el temible escarabajo que las infecta. También nosotros nos conformamos: el mercado es el que manda, los políticos son todos iguales, no hay trabajo para los jóvenes ni podemos dejar de contaminar. Y mil millones de personas pasan hambre cada día.

Dicen que la epidemia que mata a estos árboles altivos es difícil de controlar, porque cuando los síntomas son visibles la enfermedad ya está muy avanzada. Así sucede tantas veces en la vida: cuesta combatir el individualismo de los adultos, la apatía de los jóvenes, el desánimo de los educadores. Y la pequeña larva taladra infames galerías e infecta la planta, mientras por fuera su aspecto sigue siendo inmejorable. A las puertas de unas elecciones, el símbolo tiene más fuerza que nunca: mantenemos la inercia de los ritos mientras los vaciamos de significado. Le hemos lavado la cara a la ciudad, como corresponde, y supliremos con carteles y mítines la falta de participación. Huelva luce sus mejores galas, mientras los onubenses se refugian en el escepticismo y la indiferencia.

Hace unos años cortaron las primeras palmeras enfermas creyendo erradicar el mal. Luego las talas periódicas se pararon. Quizás pensaron que no hacía falta o quizás se rindieron antes de tiempo. Porque cuesta rebelarse, cuesta actuar sin ver los resultados. Seguramente esto sea lo más difícil, la travesía del desierto donde los frutos no se ven. La resistencia es la forma más ardua de la esperanza. También la más necesaria. Urgido por la catástrofe, el Ayuntamiento reconoce que sólo actuando de forma conjunta se podrá enfrentar un problema que no sabe de límites municipales. Muchas de estas palmeras eran ejemplares majestuosos, centenarios, y sólo venimos a darnos cuenta de cómo endulzaban el aire cuando ya han dejado de existir. Pero su ausencia aún tiene mucho que decirnos.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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