Pan con pan

El revuelo causado por la noticia de que hay niños que pasan hambre se entiende desde el aldabonazo que nos sitúa ante nuestra propia vergüenza. ¿Nosotros? No, por favor. Nosotros somos una economía maltrecha pero digna, nosotros tratamos bien a nuestros niños, somos un país civilizado, ¿cómo vamos a consentir esto? ¿Cómo vamos a volver atrás?

Casi mejor negarlo. Por mucho que diga UNICEF que uno de cada 4 niños españoles es pobre, casi mejor dejarlo para luego. Mejor debatir dentro de seis meses medidas contra la pobreza infantil en la futura Ley de inclusión social. La opinión pública se lleva las manos a la cabeza mientras el Gobierno prefiere seguir subido a la maquinaria burocrática de los plazos y las comisiones, creando frustración a golpe de tiempo perdido.

Y mientras tanto, ¿cómo arreglamos esto? Un niño contaba en el cole que el bocadillo de su madre era mágico, porque le daba solo el pan y él decidía qué llevaba dentro. Es una forma triste de arreglarlo, recurrir a la imaginación para alimentar a los hijos. Hay otras: profesores más alerta que nunca para detectar niños distraídos o rebuscando en las papeleras del patio, Bancos de alimentos por doquier, ONGs que surten de voluntarios, parroquias que reparten meriendas o programas de televisión que donan sus excedentes a Cáritas. También un poco de ayuda institucional: comedores abiertos en verano, gobiernos autónomos que acusan el sonrojo colectivo ante el hambre infantil, que nadie nos eche en cara esta ignominia, hacemos lo que podemos.

Pero no. La solidaridad entre los que poco tienen (y comparten lo que pueden) es una forma de dejar que el hambre (y la injusticia que la origina) se vaya “arreglando sola”. Una forma más necesaria que nunca, cierto, pero que deja intactas las causas del problema. En los últimos cuatro años la pobreza aumentó un 8% en España, la renta de los trabajadores cayó más de un 6% y los beneficios empresariales subieron casi un 3%. Pero de estos datos no se escandaliza nadie. Tampoco se piensa en alternativas como la Renta Básica ciudadana, que no resulta más cara que los parches caritativos o las políticas parciales, pero que sí ofrece una respuesta a las necesidades vitales de todas las personas.

En el fondo es preferible un poco de sonrojo antes que intentar cambiar las cosas. Al fin y al cabo ya se sabe lo que es el pan con pan. Seguramente interesa que siga siéndolo.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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