Papás

Qué cosas: estos críos no dejaban de sorprenderla, a pesar de que llevaba ya más de veinte años dando clases. Se consideraba una mujer moderna, y hacía un esfuerzo por entender y asimilar los cambios sociales, los nuevos modelos de familia, el vocabulario, la forma de vestir, todo eso. Pero a veces es complicado, porque la vida siempre va más deprisa. Y este era uno de esos momentos en que tomaba conciencia de lo endiabladamente deprisa que va la vida. Albertito, con expresión impaciente, seguía esperando una respuesta. Y ella seguía callada, prolongando el silencio, tratando de recordar cuando se quedó, otra vez, por detrás. El resto de la clase permanecía ajena y bulliciosa: preparaban ilusionados el regalo del Día del Padre, papel celofán, pegamento, lana de colores y purpurina. Y Alberto seguía esperando su respuesta. Los grandes cambios sociales, pensó ella, sólo son reales cuando pasan a otra generación sin estridencias, y cuando alguien como Albertito le hace una pregunta ingenua, simple: “Y a mi otro papá ¿qué le regalo?”. Sabía que era hijo de padres separados. Y evidentemente en algún momento su padre había dado un paso más, en una dirección nueva y diferente. En fin, la vida. “Tendremos que hacer otro regalito para él, ¿vale?”. Alberto sonrió, satisfecho, y se aplicó en la purpurina y el pegamento de barra. Y ella suspiró, sabiendo que mañana, o pasado mañana, la vida volvería a sorprenderla nuevamente.

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Gonzalo Revilla

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