Peligros post-electorales

Aún quedan carteles en las calles que saben a viejo, como si las elecciones municipales fueran cosa de hace mucho tiempo. La rutina empuja a un segundo plano los plazos inexcusables para la formación del consistorio, una vez superado el ejercicio del sufragio. Hay ayuntamientos que cambiarán de gobierno municipal, hay otros que seguirán con el mismo, y bastantes en los que bajo la bandera de los pactos ahora se decide casi todo. Nada nuevo bajo el sol, según parece… si no fuera por el peligro que supone el ascenso de partidos xenófobos, la llegada a las municipalidades de imputados por corrupción, la presencia de tránsfugas o el aumento de candidatos populistas que han ofrecido trabajo a todo aquel que le haya querido oír: en un pueblo de nuestra provincia, uno de esos candidatos recibió la visita de varias personas pidiéndole ese puesto de trabajo que prometió si le votaban nada más conocerse los resultados.

Mientras tanto, el movimiento Democracia Real Ya sigue dando muestras de rebeldía y ética ciudadana, aguantando ahora las quejas de comerciantes y vecinos a los que ya no resulta tan simpático. Ellos, los acampados, aportan algunas luces para dignificar la democracia. Basta con que seamos capaces de impedir que los delincuentes, los corruptos, los xenófobos, los que compran voluntades, los que quieren medrar a toda costa puedan presentarse a unas elecciones; basta con castigar a los partidos y asociaciones que los amparan y permiten semejante desvergüenza. También conviene escuchar a los acampados cuando piden reformar este sistema electoral, en el que el voto de una persona no vale lo mismo que el voto de otra. Y dar crédito a sus propuestas de regeneración económica, ¿por qué no? ¿Hay que aceptar el voto de obediencia de los gobiernos a esos difusos “mercados” como si fuera un dogma inamovible?

En fin, que hemos elegido a nuestros alcaldes, o eso creemos, pero no hemos logrado fortalecer nuestra democracia, cada vez con más trampas, cada vez con más peligros. Muchos de esos peligros tienen que ver con la percepción ciudadana, con ese difuminado retoque que consigue -como si fuera una herramienta de Photoshop- que, para la retina y la conciencia de los votantes, “todos los políticos sean iguales”. Cuando se mira la foto, finalmente, lo que hay retratado es el desinterés y la apatía, y la Política en nada se parece al arte de transformar la sociedad y atender al Bien Público. Por eso es tan necesario desenmascarar a todos los que se sirven de ella para enriquecerse, para fomentar el odio o para ayudar a sus amigos. A esos hay que echarlos de las instituciones y sustituirlos por políticos que vengan a servir, a trabajar, a construir, a dar cauces de participación, a escuchar a los ciudadanos.

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Dimas Haba

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