Peones

Toda guerra tiene su infantería, aquellos que van en la vanguardia para arrebatarle el terreno al enemigo, siempre los que más pierden, los que más arriesgan, los que ejecutan las órdenes que otros mandaron, quizás a cientos de kilómetros, en la retaguardia, casi invisibles. En el mundo de la economía y la empresa las cosas no son muy diferentes.

 

El modelo de negocio de las grandes empresas españolas, muchas de ellas entramadas en una relación con el poder anclado desde los tiempos de la dictadura, se basa en la prestación de servicios públicos, la mayoría de primera necesidad, normalmente a través de contratos o utes, que se retroalimentan con la construcción de infraestructuras. Las consecuencias de este compadreo es un oligopolio cerrado y fijo, desde que ya se fusionaron todo lo que se podía fusionar, ya no hay opas, como en los años noventa, ni grandes salidas a Bolsa, ahora ya todo está resuelto en una mesa camilla de amigotes.

 

Con la excitación de quien controla la situación (no hay ayuntamiento que se permita un día sin recogida de basuras, por ejemplo) se empieza a sacar beneficio a base de engordar precios y sobrecostes que acaban pagando unos ciudadanos que se sienten totalmente abandonados por los organismos reguladores, ¿dónde están las multas de la comisión nacional de la competencia? Allí mismo, en la mesa camilla. Con esas multas juegan al mus.

 

Y ellos seguirán en sus yates y pondrán a un peón, por ejemplo, de controlador de la zona azul, que ganará un sueldo ridículo, sólo incentivado si más denuncia, y él se llevará todo el desprecio y enfado de los ciudadanos por cada papel que le pongan en el parabrisas, mientras sus jefes aparecerán en las listas de esos patrios empresarios cuyos conciudadanos les importa una higa. La calidad hacia abajo es tan ínfima que, si ves a un instalador de fibra óptica, con su coche particular y su cutre chaleco reflectante, te entran ganas de invitarle a comer, porque anda corriendo con un bocadillo, cuando, en realidad, esa persona es la “representante” de una multinacional de telecomunicaciones ante sus clientes.

 

Detrás de todo este negocio solo hay un indisimulado afán de lucro desmedido, todo lo demás no importa. ¡Estúpidos! Pensarán, mientras nosotros nos peleamos con la telefonista por el abuso de la última factura. Habrá que mirar hacia arriba para revertir la situación: defensa y ataque, somos más.

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Victor Rodríguez

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