Pipo salió a pasear

A pesar de hacerse muchos kilómetros todos los años, Pipo apenas se mueve, tiene un habitáculo a modo de vivienda rodante y poco más. Así que aprovechó el descuido de su cuidador (qué paradoja), para pasear y observar el mundo de los humanos. Un mundo que le tuvo que resultar inquietante, cierto es que ellos, los hipopótamos, a pesar de su aspecto rechoncho y de haber sido utilizados como la adorable imagen de una marca de pañales muy conocidos en otras décadas, tienen fama de desconfiados, territoriales y agresivos, fama de causar muchas muertes a humanos en África. Sin embargo aquí Pipo es una víctima más, me atrevería a decir que es una víctima de la condición humana. Todos hemos visto las imágenes de Pipo paseándose por Palos de la Frontera, y lo que más me chocó no es el mero hecho de ver a un hipopótamo por la avenida Juan de la Cosa, sino la reacción de las personas que lo contemplaban; coches pitándole como si fuera una máquina agrícola estorbando el devenir de la calzada, o el atiborramiento de móviles alrededor de ingenuos que no calculan el riesgo del instinto del animal. Esto lo hacemos mucho los humanos, despersonalizar la naturaleza de animales y plantas, los llevamos al límite para, en este caso, obtener un divertimento tan superficial como innecesario. Hay otras personas que entienden el bienestar animal como una especie de humanización del bicho y lo adornan con vestidos y collares, los tratan como personas, los llevan a restaurantes y esas cosas, otra perversión de su naturaleza que tantas veces esconden las proyecciones y los propios vacíos de aquellos que no se atreven a vivir o relacionarse con otras personas. Pipo se paseó por Palos y evidenció, no ya la vida de las gentes del circo, otros que están en peligro de extinción, personas dignas y respetables que se esfuerzan por dar lo mejor de sí de forma honesta y dura, sino de quienes encontramos gracioso que un hipopótamo salte o un elefante se suba a una silla. La naturaleza no es simpática, es un equilibrio de vida, donde todo encaja en un ciclo sin fin, y cada ser ocupa su papel, y desgraciadamente, el único que no se ha enterado que forma parte de ese ciclo es el ser humano. Los animales tienen mucha paciencia con nosotros, algún día todos los Pipos del mundo saldrán de sus jaulas, bajarán de sus montes y de sus selvas y nos pedirán, a su forma, respeto. Ese día nos vamos a enterar.

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Victor Rodríguez

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