Piscina callejeras

Las piscinas que en algunos barrios colocan en medio de la calle, y en la que chapotean, felices, niños y mayores, son la versión humilde de las cientos de piscinas particulares que jalonan las nuevas urbanizaciones. Seguramente, en ambos casos, el consumo de agua resultará un despropósito, pero cuando la caló aprieta y no se tiene casita en la playa, pues hay que buscarse las vueltas. Así que esas piscinas callejeras, y alguna que otra fuente, son la alternativa al sofoco de estos días. Pero esas piscinas no impiden ver otras realidades en esos barrios: el lamentable abandono de la limpieza municipal, coches abandonados, fachadas que se caen, pintadas y basura. Algunas de estas cosas son responsabilidad de los vecinos, claro. Pero otras tantas dependen del Ayuntamiento, que por pereza o miedo no es capaz de usar el mismo trato e invertir el mismo esfuerzo en estos barrio que en otros más céntricos o más nuevos. Así, hay calles de nuestra ciudad de primera que producen tristeza de primera. Que las piscinas no nos impidan ver el resto.

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Gonzalo Revilla

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