Pitidos

EXISTEN muchos tipos de pitidos y el caso es que a mi todos me resultan de lo más desagradables. No obstante, entiendo perfectamente que su objetivo fundamental es llamar la atención sobre algo. Más cuando se genera de forma colectiva, como sucedió el pasado sábado en la final de la Copa del Rey, un pitido colectivo ensordecedor que impidió que el himno nacional fuese el que marcase el inicio del partido. Fue este un pitido que buscaba reivindicar, hacer llegar una opinión a la persona allí presente, que representa la cabeza jerárquica de una nación monárquica, la cúspide por excelencia, el Rey. Fue simplemente ruido, un pitido, pero el mensaje estaba claro: quienes pitaban querían dejarle constancia al monarca de que ellos no aceptan el himno nacional y, por tanto, no se reconocen como la nación a la cual representa tal himno. No negaré que las maneras fuesen desagradables y hasta mostrasen falta de respeto, pero bien es cierto que pocas son las ocasiones en que el pueblo llano puede hacer llegar su opinión a la cabeza jerárquica, y el pitido o silbido desagradable es la herramienta por excelencia para tal efecto. Es un “¡eh, estamos aquí y esto es lo que opinamos!”.

Indudablemente, las formas escogidas no fueron las más apropiadas, pero ese es el paradigma de la libertad de expresión. No habría libertad si el inconformista no pudiese expresar su desacuerdo con la misma fuerza que a él se le impone aquello que no acepta. Este es un tema que ya se puso encima de la mesa con el caso de la revista Charlie Hebdo y su mofa ante temas sagrados para ciertos colectivos. Más o menos desagradable, más o menos irrespetuosa, la mofa y la ironía son las herramientas de quien se siente obligado a acatar unas normas que le impone una sociedad incoherente, podrida en su propia raíz.

Pero hablando de incoherencias, desde mi desconocimiento y cierto rechazo al fenómeno fútbol, opino humildemente que la principal prioridad de una persona cualquiera debería estar en empeñarse en conseguir que sus convicciones vayan acompañadas por sus actos. ¿Qué se puede ser fútbol-adicto e independentista? Por supuesto, pero si el campeonato en el que participa tu equipo se llama Copa del Rey, aunque defiendo firmemente el derecho a la libertad de expresión, considero que en este caso lo más coherente hubiese sido no asistir. Hubiese resultado mucho más valiente que todas esas personas que ansían la independencia, se hubiesen organizado para no asistir o para manifestarse en las puertas del estadio. Su ausencia es la que les hubiese dado la razón. Claro que entonces el Rey seguiría sin saber que cada vez hay más personas que piensan distinto.

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Carmen Murillo

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