Poco que celebrar

Además de ser el día de la Hispanidad, de la Virgen del Pilar y del Desfile de las Fuerzas Armadas, el 12 de octubre es también un día de expresión de la disidencia. Colectivos de raíz muy heterogénea aprovechan la efemérides para clamar contra los desmanes históricos que se perpetúan en la actualidad. El grito que los aglutina es “¡Nada que celebrar!”, un lema que se fraguó en 2010, a raíz del bicentenario de la independencia de varias naciones americanas. En España empezaron también a salir a la calle con el mismo eslogan grupos de izquierda que expresaban su rechazo a la Fiesta Nacional, al tiempo que reclamaban solidaridad con los países empobrecidos. Hoy lo harán también en varias capitales, convocados por Plataformas que piden “Otro 12 de octubre” y denuncian nuevas formas de colonialismo. Son convocatorias muy abiertas, muy solidarias y muy radicales, aunque al final ese radicalismo termina encastillándose como opción minoritaria, ideológicamente inaceptable para la mayoría de los españoles.

Más inclusiva parece la propuesta que hoy recorrerá las calles del centro de Madrid, y que consiste en un lúdico pasacalles de “Fuerzas desarmadas”. Los gorros coronados por flores, las “des-armas” de los asistentes (libros, panes, instrumentos musicales), simbolizan la voluntad de que los conflictos se resuelvan por los medios naturales de diálogo y negociación. En realidad, este anti-desfile de alegría y creatividad expresa mejor que otros discursos las necesidades y reivindicaciones de toda la sociedad, y se acerca más al sentido originario de esta fecha: no un montaje construido desde la élite de los poderosos, sino un proceso de encuentro real entre los pueblos, un reconocimiento de la identidad propia y ajena que necesariamente debe comenzar con un análisis crítico de la Historia.

Hay, pues, otros modos de celebrar la Hispanidad,… y también de negarse a hacerlo. En Cataluña, algunos ayuntamientos, escuelas y centros de salud han decidido abrir sus puertas durante el día de hoy, en un gesto de rechazo que niega la celebración de cualquier festividad “nacional”. Podremos valorar el gesto con socarronería o con recelo, pero habrá también que admitirlo como expresión de coherencia. Frente a la reacción de indiferencia o desprecio del Gobierno, frente a las palabras incendiarias del ministro Wert, muchos catalanes piensan que no tienen nada que festejar. Se sienten escasamente reconocidos, más aún, ignorados en el libre ejercicio de su libertad. No parece que sea la mejor forma de incluirlos en una fiesta que pretende ser de todos, pero que, como vemos, puede terminar siendo sólo de unos pocos, de los que hoy se sentirán a gusto con los tanques en la calle. De este modo, realmente, poco habrá que celebrar.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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