Poderosas palabras

Con los libros tomando las calles y la celebración del centenario del más emblemático de nuestros escritores, no queda más remedio que mirar hacia las palabras, esas humildes y poderosas palabras que moldean la realidad y configuran nuestro universo.  Lo saben bien los artífices del nuevo plan de la Junta para promover la igualdad de género en los centros escolares, una colección de medidas  que dedica buena parte de sus estrategias al lenguaje.  Las indicaciones se orientan, faltaría más, en la línea del engorroso doblete de género al que nuestros políticos nos tienen acostumbrados: “los niños y las niñas”, “los alumnos y las alumnas”, o, en su defecto, la niñez”, “el alumnado”; también se recomienda la utilización de expresiones como “población andaluza” en lugar de “los andaluces”, o “personas becarias” en vez de “los becarios”.

Es imposible, en el breve espacio de estas líneas, rebatir tan impertinente empeño; ya lo ha hecho varias veces, y tajantemente, nuestra  Academia de la Lengua, y quienes nos dedicamos a la enseñanza de los adolescentes (¿o debería decir “la adolescencia”?) debemos elegir  entre las normas de lo políticamente correcto y lo lingüísticamente adecuado.  En todo caso, la impresión es la de querer poner puertas al campo: puertas imposibles, porque el lenguaje es la patria de la libertad y del sentido común, y ninguno de estos valores parecen haber inspirado el plan de la Junta. Ideológicamente estará lleno de buenas intenciones, pero eso no justifica la manipulación.

Todas las políticas, de cualquier signo, han tratado de llevar el agua del lenguaje a su molino. También la neoliberal: por eso se habla de “expedientes de regulación de empleo” en lugar de despidos, o de “recursos humanos” en lugar de trabajadores. Hasta los militantes de algún partido se llaman últimamente “inscritos”. Todo es mucho más light, menos comprometido y también menos desagradable: ya no hay excluidos, sino personas en riesgo de exclusión, y no se habla de emigración, sino de movilidad exterior. Los ejemplos darían para una tesis, y de hecho este asunto de la corrupción del lenguaje arrastra una larga bibliografía. Aquí se trata solo de rendir homenaje a las palabras, de defenderlas, como hubiera hecho Don Quijote. Aquel  loco manchego se inventó una realidad en la que triunfaría la justicia. Hoy las palabras corruptas también nos inventan el mundo, pero cuidado: lo hacen para que permanezca la injusticia.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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