Precariedad doméstica

¿Debo dirigirme a ella como a una trabajadora más? ¿Tiene menos valor productivo por ser una ocupación tradicionalmente asignada a las amas de casa…? Son algunas de las preguntas que, por decencia, deberíamos hacernos antes de llamar a esa mujer para que entre a trabajar en casa. Por desgracia todo un sector laboral en este país, el de las trabajadoras domésticas, vive en el más absoluto olvido; no suelen aparecer en las estadísticas, ni en los planes de mejora públicos ni en las agendas de políticos o sindicatos. No es de extrañar que ni siquiera tengan su acceso al empleo garantizado por ley en condiciones de dignidad y justicia, sino que se rijan por un régimen especial de escasa protección. Tampoco debería extrañarnos que alguien nos reclame: tú trabajo, un derecho universal ampliamente reconocido, depende de una conciliación basada en la explotación de otras trabajadoras.

La semana pasada CÁRITAS denunciaba la escasez de afiliaciones al régimen especial de empleadas del hogar en Huelva, la provincia con menor número en Andalucía, no llegaban a las mil. Este dato muestra cómo las personas que cuidan de nuestros hijos y de nuestros domicilios en esta ciudad están al final del todo, en la última clase de nuestra pirámide laboral. Si además profundizamos en la denuncia, aparece un escenario de desigualdades dramáticamente similar en todas las dimensiones sociales de las que hablemos: parte de nuestro bienestar familiar colectivo está basado en la explotación forastera. Se repite una y otra vez los mismos esquemas de desarrollo y de relación de empobrecimiento, pero con la peculiaridad de que es en el propio domicilio donde se genera la desigualdad. Una situación que, por otro lado no ha mejorado en los últimos doce años, por si aparece el pretexto de la crisis en nuestro pensamiento.

Empleadores, administraciones, instituciones sociales de apoyo, sindicatos y las propias trabajadoras, tienen la responsabilidad compartida de sacar del ostracismo a uno de lo sectores laborales con mayor incidencia en el bienestar común. Aunque habrá que hacerlo profundizando en paralelo en tres debates. Por un lado el que valore convenientemente el trabajo dentro de la casa de mujeres y hombres, huyendo de una visión sexista de la distribución doméstica del trabajo. Por otro el que evite la fragmentación y precarización del Mercado Laboral en los sectores más frágiles de la sociedad: mujer, extranjera y poco formada. Y por último el que aborde la conciliación laboral y familiar en todos sus aspectos, entre otros las necesidades de las propias trabajadoras domésticas.

Urge allanar el camino para eliminar la esclavitud doméstica como una forma de dominación y marginación. Y quizás todo empiece por nuestra casa.

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Andrés García

voluntario de 2Orillas, participa de la columna de prensa "La otra orilla" y del programa de radio "Señales de Humo"

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