Profetas de la Verdad

AYER, 24 de marzo, se conmemoró el 35 aniversario de la muerte de Óscar Romero, un sacerdote y arzobispo de El Salvador que fue asesinado mientras celebraba una eucaristía. Dicen algunos que el único delito que se le reconoce es “hacer oír su voz desde el incómodo papel de profeta de la verdad” y que eso forzosamente atrajo la violencia de los opresores corruptos. Óscar Romero era una persona tranquila, mediadora y pacífica que empezó a despertar, así fue constatando cómo tantas personas que luchaban por la liberación de su pueblo eran perseguidas o asesinadas. Y aunque a Romero lo mató un disparo en el corazón, lo que le sentenció fueron sus propias palabras: “Que se compruebe una vez más la maldad y el peligro de la Ley de Garantía y Orden Público. Que ¡ya basta! Que nuestros Cuerpos de Seguridad no son capaces de reconocer sus errores sino que los hacen más graves falsificando la verdad con la calumnia. Es urgente una purificación del sistema corrupto de la seguridad de nuestro país”.

Cuando Romero despertó, descubrió que estaba llamado a la lucha; solo que ésta, dicho en palabras suyas textuales, era “una lucha para la que no se necesitan tanquetas ni metralletas. Una lucha para la que no se necesita espada o fusil. La lucha se bate con guitarras y canciones; se siembra en el corazón y se reforma un mundo, porque la violencia, aun cuando tiene motivaciones justas, es siempre violencia y no es eficaz y no es digna”.

Durante años, la jerarquía eclesial católica no quiso escuchar lo que el pueblo le aseguraba: que Romero era santo. Lógico si tenemos en cuenta el origen nobiliario de este título y que sólo se le concede a quienes se les atribuyen milagros. Y el único milagro de Romero fue despertar y reaccionar ante la injusticia de su pueblo, hacer aquella realidad visible para el mundo entero y no dejarse callar ante la amenaza.

Ahora todo el mundo anda revuelto porque por fin los de arriba lo van a reconocer oficialmente. Pero ya da igual, porque Romero siempre ha sido el santo del pueblo. No se le debería reconocer más merito que el de dar la vida por la justicia, reclamando los derechos humanos que él reconocía reflejados en el Evangelio. Su figura no da para estatua en el Vaticano pero sí para las múltiples pintadas en muros y paredes de todo el mundo que muestran a un hombre alegre y risueño que, al igual que Gandhi o Luther King, supo proveer a un pueblo del único arma más potente que las balas: la libertad.

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Carmen Murillo

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