Qué hacer con la indignación

Ya no sabemos qué hacer con tanta indignación, con tanta vergüenza. Ni siquiera sabemos si la oleada de solidaridad que revienta las costuras de este país, que ha llevado a muchas voces a denunciar el incumplimiento de Tratados internacionales, que ha hecho circular convocatorias para que la gente salga a la calle en los próximos días, que ha producido una cascada de apoyo y respaldo a los refugiados, de hogares abiertos, de lugares de acogida, será duradera, será efectiva, será al menos posible.

No es la primera vez que una conmoción semejante recorre la espina dorsal de Europa. Hay momentos en que la indiferencia deja paso al dolor y la rabia, consigue traspasar el paisaje en que las desgracias ajenas suelen diluirse. Ocurrió con la guerra de Sarajevo, con la invasión de Irak, con el genocidio ruandés o los secuestros de mujeres en Nigeria. Pero ahora ya no somos capaces de tragar tanta ignominia, no nos cabe. Creímos haber tocado fondo con la imagen tremenda del niño Aylan en una playa turca, pero la realidad no se detiene: alambradas en Hungría, policías en Macedonia, trenes suspendidos en Dinamarca, pateras a reventar en las islas griegas. Volvemos entonces a recordar la guerra que expulsa a los sirios de su país, ya casi desaparecida de nuestros televisores, de la agenda de los medios que deciden nuestra visión del mundo, porque no interesaba. Y seguimos sumando más irritación, si cabe, ante la hipocresía de los gobernantes europeos, la mentira acumulada en tantas directivas y reglamentos, o las palabras deleznables de quien se encarga de levantar la sospecha: el ministro que ya había calificado a los refugiados de “goteras” de Europa, procura extender ahora la desconfianza y el miedo, alertando sobre el riesgo de que nos invadan “terroristas” entre tantos seres humanos desesperados.

¿Cómo entender que gente así sea la encargada de gobernarnos? ¿Qué haremos con tanta indignación, entonces? Esto: Mantener los ojos abiertos, abarcar en esa mirada no solo la interminable diáspora de los sirios, sino a los solicitantes de asilo invisibilizados por un sistema que no funciona, rechazados, escupidos de esta tierra; y a tantos inmigrantes internados en los CIES, a las redadas racistas que los acosan o los vuelos de deportación ilegales. Esto está pasando cerca, muy cerca, aquí mismo. Si seguimos mirando, si conseguimos verlos, tal vez consigamos también pasar de la indignación a la acción.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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