Qué poco cuesta

Hace ya más de 9 años. En la noche del 24 al 25 de abril de 1998, el dique de la balsa de lodos tóxicos se rompió, y más de cinco millones de m3 de lodo y aguas ácidas cubrieron 4.600 hectáreas de riberas, marismas y suelo agrícola. La balsa de 160 hectáreas, llena de residuos provenientes del tratamiento del mineral de las minas de Aznalcóllar, se situaba en la ribera del río Agrio, un afluente del Guadiamar, que regaba las marismas del Parque Nacional de Doñana. Una las mayores catástrofes ecológicas de Europa se acababa de producir. Días después de la tragedia acudí a una manifestación en Aznalcázar, convocada por colectivos ecologistas, donde gente indignada gritaba cosas como ?Boliden Nunca Más?. Gritos que se han oído después.
El principio de ?Quien contamina paga? no es más que una expresión vacía. En el caso de Aznalcóllar, el Ministerio de medio Ambiente y las Consejerías de Medio Ambiente e Industria, rechazan tener cualquier responsabilidad política, la empresa Boliden dice que la culpa fue de las empresas diseñadoras y constructoras, y se niega a pagar fianza alguna. Entre tanto, los 300 millones de euros de los gastos de limpieza, los más de 1.000 años de riesgo de que el agua estancada se salga de la corta y afecte a los acuíferos, el riesgo de sufrir cánceres y otras patologías, la pérdida de biodiversidad, van quedando en el purgatorio del olvido.
No podemos olvidar Aznalcóllar, ni el Prestige, ni ninguna catástrofe. Depurar responsabilidades puede prevenir otras. Exijámoslas.

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Andrés García

voluntario de 2Orillas, participa de la columna de prensa "La otra orilla" y del programa de radio "Señales de Humo"

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