«Racimo»

Hay palabras con muchos matices, con aristas desconocidas, con disfraces imposibles. “Racimo” parece una palabra inofensiva, posiblemente nos traiga imágenes de uvas, cerezas, flores. Pero esta misma palabra, dicha en Afganistán, Angola, Bosnia, Camboya o Líbano, seguramente les haga recordar piernas mutiladas, niños reventados, cultivos inutilizados y aparatos ortopédicos. Así son las palabras a veces: ambiguas. Las bombas de racimos, sin embargo, no son nada ambiguas: matan y mutilan sin distinguir entre niños y adultos, entre civiles y soldados. Justamente en estos días entra en vigor una moratoria del Gobierno español para erradicar su uso en nuestro ejército. Un paso valiente, aunque también hipócrita: seguiremos fabricando esas malditas bombas para venderlas a otros ejércitos menos escrupulosos. Y ya puestos a jugar con las palabras: ojalá llegue un día en que bombardeemos a esos países con racimos de uvas, cerezas y flores. Mientras eso llega la ambigüedad de las palabras se traducirá en víctimas, en llanto, en mutilación.

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Gonzalo Revilla

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