Reciclar el derroche

Desde el balcón le veo llegar con el carro naranja, cargado hasta arriba de publicidad. Le imagino rellenando frenéticamente los buzones de folletos de supermercados, de inmobiliarias o de mil cosas. Luego los vecinos nos iremos subiendo a casa todos esos papeles, que rara vez nos interesan lo más mínimo. Los amontonaremos en algún lugar de la casa destinado al reciclaje, y cuando el montón sea grande lo cargaremos hasta el contenedor azul más cercano, o menos lejano. Después, algún día pasará un camión que pagamos entre todos para vaciar el dichoso contenedor, y quiero suponer que lo llevarán a algún centro de reciclaje, financiado probablemente con fondos europeos (también de todos), que a su vez lo enviará a alguna planta lejana de transformación, donde volverán a hacer pasta de papel con la que volverán a hacer folletos de publicidad con los que volverán a llenar los buzones de mi bloque. Y vuelta a empezar con este absurdo ciclo de publicidad estéril y reciclaje estético. Para ser buenos y verdes ciudadanos, nos dicen, hay que reciclar: amontonar y reciclar. Y nosotros, que queremos ser buenos y verdes, pues lo hacemos. Pero nadie dice que, tal vez, es más razonable, muchísimo más económico y, sobre todo, menos estúpido, dejar de gastar tantísimo papel en tantísima chorrada, dejar de usar los buzones como papeleras y a los ciudadanos como aplicadas correas de transmisión de un sistema loco, perverso y derrochador.

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Gonzalo Revilla

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