Reflexiones de una madre tras una noche de insomnio

Supongo que existen muchas formas de ser ciega como tantas otras de ser sorda. Yo como tantas mujeres y hombres de esta época que nos ha tocado vivir, la mayoría de las veces soy ciega por no querer ver la realidad y otras sorda por no querer oír a mi conciencia.

Pero después de tres noches de insomnio, tres noches en las que el cansancio no deja salir a la fuerza, que controla mis pensamientos y decide en que pensar y en que no, no me ha queda más remedio que rendirme a la evidencia y dejar entrar al sentimiento de culpa;

– Culpa por pensar que mi pequeña se hace grande y yo apenas tengo tiempo para darme cuenta,
– Culpa de no estar cuando está triste y necesita que la abracen,
– Culpa de no estar cuando está alegre y no reir con ella,
– Culpa de querer engañar a la culpa con caprichos y malcrianzas,
– Culpa de no llenar su vacío con un hermano o hermana,
– Culpa de las tantísimas horas que, no solo yo estoy sin ella, sino que ella está sin mí,
– Culpa de hacer de los abuelos y abuelas padres y madres,
– Culpa de que dentro de unos años, como tanto otros “niños y niñas llaveros”, entre en casa con sus propias llaves y solo la reciba la soledad. Nadie para darle la bienvenida, nadie para preguntarle que tal el día, nadie para ayudarle a hacer sus deberes, nadie para decirle cuanto tiempo puede pasar jugando con la videoconsola o que programas de televisión puede ver y cuales no,
– Culpa,…

Y aunque la mayoría de las veces estoy tan ciega como sorda, siempre hay una nube negra que invade mi corazón que, cuando escucho a alguien decir que la juventud no tiene valores o cuando leo en la prensa un artículo sobre la violencia en las escuelas, entonces la culpa se convierte en miedo. Miedo a que mi pequeña no aprenda a distinguir el bien del mal y miedo a no lograr la confianza suficiente para que mi niña busque en su madre una aliada para superar cualquier vicisitud.

Y cuando llega la culpa y el miedo decido que algo debe cambiar y al buscar soluciones, siempre la encuentro en la renuncia. Renuncia a una parte o al total de mi jornada de trabajo, renuncia a una parte o al total de mi independencia económica y personal, de una jubilación decente, de mi autorrealización, y de ser el ejemplo de mujer libre e independiente que quiero ser para mi niña.

Y cuando me doy cuenta que, la renuncia a mi empleo y a mi yo como persona no puede ser la solución, también me doy cuenta que, la no renuncia al empleo significa la renuncia a mi yo como persona y como madre y la renuncia de mi hija a su madre y a ser educada en un entorno familiar. Y entonces vuelve la culpa y el miedo.

Tal vez mañana, si logro dormir esta noche, y consigo no dejar entrar a la culpa, tome conciencia de que yo no soy la culpable de está situación, tan común en tantas familias. Y que la responsabilidad social de los trabajadores y trabajadoras también la tienen las empresas, y que son ellas las que, tal vez, debieran asumir la culpa de los efectos de la no conciliación de la vida familiar, personal y laboral. Y, tal vez, ellas tuviesen que renunciar, renunciar NO a los beneficios, NO a la eficacia NI a la eficiencia de mi trabajo, No la consecución de objetivos, solo renunciar al derecho de organizar MI tiempo.

Y entonces tal vez en mis noches de insomnio en vez de dejar entrar a los pensamiento de culpa y temores, tendré que dejar pasar los pensamientos y estrategias de organización de MI tiempo.

Y entonces tal vez, desaparezca el insomnio, no me sienta tan cansada y pueda ser más eficiente en mi trabajo.

Y entonces tal vez, desaparezca la culpa.

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Dos Orillas

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