Refugiados ¿hasta cuándo?

En estos días un montón de críos han llegado a nuestra tierra desde los campamentos de Tinduf, en el desierto de Argelia. Son saharauis expulsados de sus tierras por el Gobierno Marroquí, víctimas de aquel chapucero proceso de “descolonización” que hizo España en 1975, y que malviven en campamentos desde entonces. El objetivo es que puedan disfrutar de unos días de vacaciones, lejos de las duras condiciones de vida que soportan el resto del año. Después volverán a Tinduf, a esperar que la torticera maraña diplomática y de intereses comerciales se desenrede algún día, y puedan volver a ver el mar. Su mar.

Pero la situación del pueblo saharaui es una anécdota más del ingente mapa de refugiados de nuestro planeta: hablamos de más de 42 millones de personas en todo el planeta, empujados por la guerra, la violencia o la miseria fuera de su tierra. Lean de nuevo el dato, y piénsenlo: 42 millones de personas. Son muchas, porque además los informes van poniendo de manifiesto que es un problema que se agrava en lo últimos años. Y se cronifica: los campamentos que se establecen cada vez duran más, o dicho de otro modo: hay muy pocas posibilidades de volver una vez son expulsados.

Parece un derecho muy básico, muy simple: el de vivir en la tierra que nos ve nacer. Y como tantos otros derechos, vulnerado sistemáticamente, con el silencio (o la complicidad) de la comunidad internacional. No hay que ahondar mucho: detrás de los desplazamientos suele haber violencia, detrás de ella intereses comerciales, y tirando un poco más del hilo empiezan a aparecer grandes corporaciones, convenientemente apadrinadas por Gobiernos. Como ven resulta complicado que esos Gobiernos se tomen en serio las resoluciones de la ONU relativas a los refugiados.

42 millones de personas en todo el mundo, de países como Afganistán, Irak, Somalia, Sudán, Palestina, Sahara Occidental, Colombia… están viviendo forzados fuera de su tierra. Algunos conflictos se prolongan dramáticamente en el tiempo, como el caso de los saharauis, cuyos hijos ya nacieron en campamentos de refugiados, y posiblemente mueran allí. Una realidad demasiado dura para que nuestras sociedades “desarrolladas” las sigan permitiendo, indolentes, ajenas, insensibles. Así que va siendo hora de ponernos manos a la obra, y exigir a las autoridades internacionales y a nuestros respectivos gobiernos que se tomen este tema en serio, y que posibiliten el retorno a su tierra de aquellos que nunca debieron abandonarla. Por justicia y por humanidad. Y por decencia

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Gonzalo Revilla

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