Rescatar a las personas

Su vecino había decidido que no quería morirse, pero igualmente se murió, porque no era algo que estuviera en su mano. El chico veía ahora a la que fue su mujer, la señora Lola, lamentarse no sólo por la pérdida, sino por el gasto que se le venía encima, aunque fuera con el entierro más austero que había podido encontrar. Sin embargo la señora Lola se alegraba, según escuchó el chico, de que su marido se hubiera muerto este mes y no dentro de pocas semanas, porque así no le había pillado la subida del IVA del 8 al 21% en los sepelios. “Es como un último favor que me ha hecho”, decía. El chico sonrió sintiéndose casi culpable por este reclamo de humor negro de la señora Lola. Luego escuchó a otros vecinos del rellano ofrecerle a la viuda ayuda económica, escasa, pero la suficiente, para que no tuviera que endeudarse, y esta vez la sonrisa sí le dejó una sensación de sosiego por dentro.

Luego el chico tomó el autobús, y durante el trayecto estuvo rodeado de personas y conversaciones. A las personas no las conocía, pero los diálogos le resultaban familiares: “Fíjate que me han bajado el sueldo a 800 €, no, funcionaria no, tengo una vacante de interina, como casi todos los que trabajamos en la residencia de ancianos, mi marido parado, sí, hace ya dos años y medio, mi hijo no ha terminado la ESO, a ver si me lo cogen en Virgen de Belén”. Y por el otro lado, “no harán contratos en la Universidad por el Decreto, todos los proyectos de investigación parados, pues no se sabe qué va a pasar con los profesores sustitutos, se están moviendo, sí, el otro día estaban concentrados en Cantero Cuadrado…”

No escuchó, sin embargo, comentarios sobre la manifestación del día anterior, y le hubiera gustado oírlos, pues él había estado allí: nutrida asistencia, no sabía decir si más o menos que en las anteriores, pero llamativa en pleno verano y en una ciudad como Huelva; banderas de sindicatos, y sobre todo, gente por libre, suponía que muchos de ellos empleados públicos. Gente que, como él, no tenía mucha trayectoria de movilizaciones, pero que se daba cuenta de que sólo en el espacio abierto de la calle era posible encontrar a “los suyos”: a los que podían entenderle y a los que podían ayudarle, porque la amenaza y la rabia compartida eran un imán de la solidaridad.

Al bajar del autobús, el chico pensó que los gobiernos rescatan bancos, grandes corporaciones, pero que las personas sólo serían rescatadas por otras personas: por los que compartían sus sueldos recortados, por los que hacían que el país siguiera funcionando, por los que sumaban su tiempo y su esfuerzo para que las protestas se oyeran. Todos sabiéndose en el mismo barco, o quizás, pensó, en el mismo autobús. Y esa sí era una revolución silenciosa, pero imparable.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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